
Por Antonio Briones
Hablar de la dimensión experiencial en Focusing es hablar de un territorio que no puede ser representado como un mapa fijo. No se trata de descubrir, dentro de nosotros, un conjunto estable de partes perfectamente delimitadas —el crítico, el miedo, la rabia, la tristeza, el deseo, la presencia— para luego clasificarlas y ubicarlas en algún lugar definitivo de nuestra personalidad. La experiencia humana no funciona de esa manera.
Por eso, cuando utilizo aquí la palabra cartografía, la utilizo en un sentido dinámico. Una cartografía experiencial no describe solamente qué hay dentro de nosotros, sino cómo aquello que aparece va adquiriendo forma, movimiento, significado y relación cuando le prestamos atención.
Es un mapa que se dibuja mientras caminamos. Y quizá esta sea una de las particularidades más profundas del Focusing: aquello que inicialmente aparece como un problema, una sensación corporal confusa, una emoción, una resistencia o incluso una voz interna crítica, no permanece necesariamente igual cuando establecemos con ello una relación de atención respetuosa. Al contrario, comienza a cambiar. A veces cambia su cualidad corporal; otras veces cambia la imagen que tenemos de aquello; otras veces aparece un recuerdo, una palabra, una comprensión inesperada o una nueva posibilidad de acción.
Lo que parecía ser una cosa puede revelar que era otra. Y aquello que parecía no tener sentido puede comenzar lentamente a construirlo.
1. La dimensión experiencial como territorio vivo
Cuando una persona dice:
“Estoy angustiada”.
Desde una perspectiva exclusivamente conceptual podríamos comenzar inmediatamente a preguntarnos por las causas de esa angustia. ¿Qué ocurrió? ¿Qué pensamiento la provoca? ¿Qué situación la desencadenó? ¿Qué conducta está manteniéndola?
Todas esas preguntas pueden ser legítimas.
Pero Focusing propone detenerse un momento antes de convertir la experiencia en una explicación.
Hay algo que está ocurriendo ahora, en el organismo.
La angustia no es solamente una categoría psicológica. Es también una determinada manera en que el cuerpo está viviendo una situación. Puede sentirse como presión en el pecho, vacío en el estómago, tensión en la garganta, inquietud, pesadez o una sensación difícil de localizar. Y, sin embargo, incluso eso todavía puede ser demasiado descriptivo.
La dimensión experiencial es más amplia que una sensación corporal aislada. Es el modo en que una situación completa está siendo vivida corporalmente, aunque todavía no podamos decir exactamente qué significa.
Por eso Gendlin desarrolló el concepto de felt sense, la sensación sentida: una experiencia corporal implícita, compleja y global que contiene más significado del que podemos expresar inicialmente con palabras.
La persona puede decir:
“No sé exactamente qué me pasa. Pero hay algo aquí”.
Ese “algo” es importante.
No porque esconda necesariamente una verdad secreta que debamos descubrir, sino porque constituye una referencia corporal presente desde la cual puede comenzar un proceso de simbolización. El mapa comienza allí. No sabemos todavía adónde conduce.
2. Un mapa que se modifica mientras lo observamos
Una de las características más interesantes de esta cartografía es que el territorio cambia cuando comenzamos a relacionarnos con él.
Esto puede parecer paradójico. Normalmente pensamos que primero existe una experiencia y después nosotros la observamos. Como si fuéramos investigadores frente a un objeto que permanece intacto mientras lo examinamos.
En la experiencia humana ocurre algo diferente. Cuando prestamos atención de determinada manera —con presencia, curiosidad, respeto y sin forzar una respuesta— se produce una modificación en la relación que tenemos con aquello que estamos viviendo.
Y esa modificación puede generar nuevos acontecimientos experienciales.
Una persona puede comenzar sintiendo:
“Tengo un nudo en el pecho”.
Luego permanecer unos momentos con ese nudo.
Quizás aparece:
“Es como si estuviera conteniendo algo”.
Después:
“No quiero que nadie vea que estoy asustado”.
Y más tarde:
“Siempre he tenido que parecer fuerte”.
Pero el proceso puede continuar. Quizás aparece una imagen de sí mismo siendo niño, o una frase, o una sensación de alivio, o una comprensión completamente distinta:
“No es que quiera ser fuerte. Estoy cansado de tener que defenderme”.
El significado no estaba necesariamente disponible desde el principio como una información escondida.
Se fue construyendo en el proceso de atender.
Esta es una diferencia fundamental. La experiencia no funciona solamente como un depósito de contenidos psicológicos que debemos extraer. Es también un proceso de formación de significado.
La simbolización —palabras, imágenes, gestos, recuerdos, metáforas, movimientos— va encontrando progresivamente una manera de expresar algo que inicialmente era implícito.
Y cuando una simbolización resuena con la experiencia corporal, puede producirse aquello que Gendlin llamó un cambio sentido (felt shift). No es simplemente comprender algo intelectualmente.
Es sentir que:
“Sí. Eso es”.
Y muchas veces ese “sí” viene acompañado de una modificación corporal. Una respiración más profunda, una relajación, una sensación de espacio, un pequeño movimiento hacia adelante, una disminución de la presión, o simplemente la experiencia de que algo que estaba atascado ahora puede continuar.
3. Las partes que aparecen en la cartografía
En este territorio aparecen con frecuencia distintas “partes”. Una persona puede descubrir un crítico interno, otra puede encontrar un escéptico, otra puede experimentar una parte que quiere escapar, otra que quiere controlar, otra que necesita agradar, otra que se siente pequeña, otra que exige perfección.
Estas expresiones son útiles porque permiten diferenciar distintos modos de estar en relación con una experiencia. Pero existe un riesgo si convertimos estas partes en entidades psicológicas demasiado rígidas.
Podemos terminar pensando:
“Yo tengo un crítico interno”.
Como si dentro de nosotros existiera literalmente un pequeño personaje llamado “el crítico” que posee características permanentes. La perspectiva experiencial permite una comprensión más flexible. Quizás lo que llamamos crítico interno es una determinada configuración experiencial que aparece en determinadas circunstancias. Cuando algo parece peligroso, puede surgir una voz:
“No lo hagas”.
“Vas a fracasar”.
“Qué ridículo”.
“Deberías hacerlo mejor”.
“No puedes confiar en nadie”.
Si prestamos atención solamente al contenido de esa voz, podemos terminar peleando con ella. Pero si nos acercamos experiencialmente, podemos descubrir algo diferente. Quizás detrás de la crítica existe miedo, o protección, o una antigua estrategia de adaptación, o una necesidad de evitar el rechazo, o una forma aprendida de mantenernos seguros.
Esto no significa justificar todo lo que dice esa voz. Significa escuchar la función que cumple. El crítico puede estar equivocado, puede ser exagerado, puede utilizar estrategias dolorosas, puede generar sufrimiento. Pero su existencia puede señalar que alguna parte del organismo ha reconocido algo como potencialmente peligroso. Por eso una voz interna no tiene necesariamente que ser obedecida ni eliminada. Puede ser escuchada.
4. El crítico, el escéptico y las alarmas internas
Podemos pensar en estas voces como una especie de sistema de alarma experiencial.
El organismo ha aprendido determinadas asociaciones. Algo ocurre en el presente y se activa una configuración conocida, una situación nueva puede evocar una antigua sensación de peligro, una crítica puede activar vergüenza, una oportunidad puede activar miedo, una relación afectiva puede activar desconfianza, una decisión importante puede activar una voz que dice:
“No estás preparado”.
La tendencia inicial puede ser combatir esa voz. “¡Tengo que dejar de pensar así!”
Pero entonces aparece una paradoja. Estamos utilizando otra parte de nosotros para luchar contra la parte que queremos eliminar. El conflicto interno se multiplica. El Focusing propone otra posibilidad: hacer espacio.
Podemos reconocer:
“Hay algo en mí que está preocupado”.
Esto es diferente de:
“Estoy preocupado y eso es toda mi realidad”.
Ese pequeño cambio lingüístico puede ser profundamente significativo. Existe algo que está preocupado. Y existe también algo que puede darse cuenta de que está preocupado. Ahí comienza a aparecer otra dimensión de la cartografía.
5. La presencia interna
Podemos llamar a esa dimensión presencia interna.
No se trata simplemente de observarse intelectualmente. Tampoco es una especie de “superyo saludable” que evalúa correctamente lo que ocurre.
La presencia interna es, más bien, una manera de estar con la experiencia en la que no necesitamos identificarnos completamente con aquello que aparece. Hay miedo, y puedo estar con el miedo, hay crítica, y puedo estar con la crítica, hay tristeza, y puedo estar con la tristeza, hay confusión, y puedo estar con la confusión. No necesito expulsarlas para estar presente, no necesito resolverlas inmediatamente, no necesito saber qué significan. Puedo simplemente acompañarlas desde este lugar.
Y aquí aparece una cualidad especialmente importante: la presencia no tiene que ganar una batalla contra las partes.
Su función no es derrotar al crítico, no necesita convencer al escéptico, no tiene que eliminar la ansiedad, no necesita transformar inmediatamente el dolor. Simplemente crea un espacio suficientemente seguro para que aquello que está ocurriendo pueda ser atendido. Eso es una diferencia enorme.
6. El organismo que puede observarse sin abandonarse
Hay una experiencia particularmente interesante cuando una persona comienza a cultivar esta presencia. Al principio puede resultar difícil. La persona intenta estar presente y descubre que está pensando, intenta observar y se distrae, intenta sentir y aparece una crítica:
“Esto es absurdo”.
O:
“No estás haciendo bien el ejercicio”.
Pero incluso eso puede ser incluido.
Puedo darme cuenta:
“Ahí está la parte que piensa que no lo estoy haciendo bien”.
Y entonces puedo estar con eso también.
La presencia no necesita expulsar la distracción, puede incluirla. No necesita expulsar el juicio, puede acompañarlo. No necesita expulsar el miedo, Puede hacerle espacio.
Esto genera una experiencia progresivamente diferente de uno mismo. No porque aparezca un “yo verdadero” completamente nuevo, sino porque se amplía el espacio desde el cual podemos relacionarnos con nuestra propia experiencia.
7. El bienestar esencial como base corporal
Aquí llegamos a una cuestión particularmente importante.
En el trabajo experiencial puede descubrirse que, debajo o detrás de los contenidos problemáticos, existe una dimensión corporal que no está definida por ellos. No significa que exista una parte mágica de nosotros que esté permanentemente feliz. Tampoco significa negar el sufrimiento.
Significa reconocer que el organismo posee una capacidad de regulación, contacto, orientación y continuidad que puede ser experimentada corporalmente. Podemos llamarla, de manera sencilla, un bienestar esencial.
A veces aparece como calma, a veces como amplitud, a veces como calor, a veces como una sensación de estar sostenido, a veces simplemente como:
“Estoy aquí”.
No necesariamente hay euforia y no necesariamente hay placer. Es algo más básico.
Una especie de sensación de estar suficientemente a salvo como para poder permanecer con lo que ocurre. Desde esta perspectiva, el bienestar no sería únicamente el resultado final de resolver nuestros problemas. Puede convertirse también en un lugar desde el cual acercarnos a ellos. Y esto cambia profundamente la lógica del trabajo interno.
No necesito esperar a estar completamente bien para poder mirar mi dolor, puedo aprender a estar en contacto con una dimensión de presencia y bienestar mientras acompaño aquello que todavía duele.
8. La paradoja de prestar atención a la presencia
Aquí aparece una de las características más fascinantes del proceso. Aquello a lo que prestamos atención de manera adecuada puede hacerse progresivamente más presente. No porque la atención lo fabrique artificialmente, sino porque aprendemos a reconocerlo. Al principio una persona puede experimentar apenas unos segundos de calma corporal. Quizás son diez segundos, luego desaparecen, más adelante vuelve a encontrarla. Comienza a reconocer:
“Ah, esto es”.
La atención crea familiaridad, la familiaridad permite reconocimiento, el reconocimiento permite volver. Y el volver repetidamente puede hacer que esa experiencia se convierta en un recurso cada vez más accesible.
Es parecido a aprender un camino en un bosque. La primera vez apenas sabemos por dónde pasar, después reconocemos un árbol, luego una piedra, más adelante sabemos dónde comienza el sendero, finalmente podemos recorrerlo casi naturalmente, la presencia interna puede desarrollarse de manera semejante. No se trata simplemente de aprender una técnica. Se trata de aprender corporalmente una forma de estar.
9. El espacio seguro no consiste en eliminar el peligro
Esto merece una precisión. Crear un espacio interno seguro no significa convencernos de que “todo está bien”. Porque algunas cosas no están bien. Hay pérdidas, hay conflictos, hay injusticias, hay enfermedades, hay relaciones dañinas, hay decisiones difíciles, hay incertidumbre. La seguridad experiencial no consiste en negar estas realidades. Consiste en desarrollar la capacidad de permanecer en contacto con ellas sin quedar completamente absorbidos por ellas.
La presencia puede decir:
“Esto está ocurriendo”.
Y al mismo tiempo:
“Yo puedo estar aquí mientras ocurre”.
Esa diferencia puede ser profundamente reguladora. El organismo empieza a descubrir que puede acercarse a una experiencia difícil sin ser destruido por ella.
10. La presencia como espacio de acogida
Entonces podemos imaginar la cartografía experiencial de una manera diferente. No como un inventario:
- aquí está el miedo;
- aquí está la rabia;
- aquí está el crítico;
- aquí está la tristeza;
- aquí está el escéptico;
- aquí está la calma.
Sino como una red de relaciones en movimiento.
Aparece una sensación, la atendemos, surge una imagen, la reconocemos, aparece una palabra, la comprobamos corporalmente, surge una voz crítica, le hacemos espacio, aparece miedo, nos quedamos con él, entonces el miedo cambia, y ese cambio revela algo nuevo, la nueva experiencia conduce hacia otra simbolización. La simbolización produce un cambio corporal. El cambio corporal abre una nueva posibilidad. Y el proceso continúa.
La cartografía, por tanto, no es una fotografía de la psique. Es el registro de un proceso de transformación.
11. Cuando la presencia se encuentra con una parte
Podemos imaginar una situación concreta. Una persona siente una fuerte exigencia:
“Tengo que hacerlo perfecto”.
Si se identifica completamente con esa exigencia, probablemente vivirá bajo presión. Si lucha contra ella:
“No debería ser tan perfeccionista”,
puede aparecer un segundo conflicto. Pero desde la presencia puede decir:
“Hay algo en mí que necesita hacerlo perfecto”.
Y quedarse junto a esa experiencia, quizás aparece tensión en el pecho, después una sensación de miedo, después una imagen de alguien juzgándola, luego puede aparecer:
“Si lo hago mal, van a dejar de valorarme”.
Y entonces quizá surge una comprensión corporal:
“Esta exigencia está intentando mantenerme a salvo”.
La exigencia no desaparece necesariamente. Pero la relación con ella cambia. Ya no es simplemente:
“Tengo que ser perfecto”.
Ahora puede ser:
“Hay una parte de mí que aprendió que la perfección era una forma de protección”.
Y desde ese espacio puede comenzar un proceso nuevo. Tal vez la parte necesite ser escuchada. Tal vez necesite seguridad. Tal vez necesite permiso para descansar. Tal vez aparezca otra manera de realizar la tarea.
No sabemos de antemano. El mapa se va construyendo.
12. El símbolo no representa solamente: también transforma
En Focusing, la construcción de símbolo tiene una función mucho más profunda que encontrar una palabra correcta. Una palabra, imagen o metáfora puede hacer explícito algo que estaba implícito.
Por ejemplo:
“Es como estar sosteniendo una puerta para que nadie entre”.
La persona quizá nunca había pensado conscientemente su experiencia de esa manera. Pero al decirlo puede reconocer corporalmente:
“Sí. Exactamente eso”.
Entonces la metáfora no es simplemente una descripción poética. Es una forma de contacto. La experiencia se reconoce a sí misma en el símbolo. Y cuando esto sucede, puede continuar.
Quizás después:
“Pero estoy cansado de sostenerla”.
Y entonces:
“No quiero seguir viviendo así”.
Y después:
“Necesito que alguien me ayude”.
El sentido se va construyendo. No fue impuesto desde fuera. Emergió de la interacción entre atención, cuerpo, simbolización y experiencia.
13. Una cartografía abierta
Por eso la cartografía experiencial debe permanecer siempre abierta.
No podemos decir:
“Esta persona es ansiosa”.
Y creer que hemos terminado el mapa. Podemos decir que hay una configuración ansiosa que aparece en determinadas circunstancias. Pero esa configuración puede cambiar.
Tampoco podemos decir:
“Esta persona tiene un crítico interno muy fuerte”.
Podemos observar que en determinadas situaciones aparece una voz crítica. Y quizás, cuando se la escucha desde una presencia suficientemente amplia, descubrimos que debajo hay miedo. Y debajo del miedo aparece necesidad, y detrás de la necesidad aparece deseo, y detrás del deseo aparece una dirección vital.
El mapa cambia. Lo que parecía un obstáculo puede transformarse en una puerta, lo que parecía una enfermedad del carácter puede revelar una estrategia protectora. Lo que parecía debilidad puede contener una necesidad legítima. Lo que parecía vacío puede contener una experiencia que todavía no ha encontrado palabras.
14. Cultivar la presencia como una práctica fundamental
Desde aquí, cultivar la presencia interna no sería simplemente una técnica preparatoria para hacer Focusing. Puede convertirse en una práctica en sí misma.
Sentarse, respirar, sentir el cuerpo, reconocer el espacio interior, notar qué está presente, no apresurarse, no corregir, no analizar inmediatamente. Y volver, una y otra vez. Con el tiempo, el organismo aprende algo fundamental:
“Puedo estar aquí”.
Y esa experiencia puede adquirir una importancia enorme. Porque cuando aparece un asunto difícil, ya no necesitamos entrar inmediatamente en él desde el miedo que provoca. Podemos acercarnos desde un lugar un poco más amplio. Podemos decir:
“Hay algo difícil aquí y puedo estar con ello”.
Ese “puedo estar con ello” es quizá una de las expresiones más sencillas de la presencia experiencial.
15. Del refugio a la exploración
Finalmente, la presencia interna puede convertirse en algo más que un refugio. Puede convertirse en una base para explorar. Cuando sabemos que podemos regresar a un espacio corporal suficientemente seguro, podemos acercarnos a experiencias que antes evitábamos.
Podemos escuchar una tristeza, explorar una rabia, reconocer una necesidad, mirar una contradicción, escuchar una voz interna, acercarnos a una decisión.
No porque tengamos garantizado el resultado, sino porque ya no necesitamos exigirle a la experiencia que cambie antes de poder permanecer con ella.
La presencia permite una forma distinta de valentía, no es la valentía de quien no siente miedo. Es la de quien puede decir:
“Siento miedo y puedo permanecer aquí”.
16. Una cartografía que se transforma al ser recorrida
La dimensión experiencial, entonces, puede comprenderse como un territorio vivo en el que atender es también participar en la transformación.
No somos observadores externos de nuestra experiencia, estamos en relación con ella, La atención modifica la relación, La relación permite nuevos símbolos, los símbolos permiten que algo implícito se haga explícito, la explicitación produce cambios corporales, los cambios corporales abren nuevos significados, y esos significados permiten nuevas formas de estar en el mundo.
Por eso el mapa nunca queda terminado. Cada vez que regresamos a una experiencia, puede aparecer algo diferente. Incluso aquello que creíamos conocer puede sorprendernos.
Y quizá esta sea una de las grandes enseñanzas del Focusing: No necesitamos conocer de antemano el camino para poder comenzar a recorrerlo.
Podemos empezar por sentir, por hacer espacio, por reconocer, por permanecer. Y permitir que el organismo nos muestre, paso a paso, qué necesita ser reconocido.
En este sentido, la presencia interna constituye una especie de territorio originario. No necesariamente un lugar donde todo está resuelto, sino un espacio corporal desde el cual podemos relacionarnos con aquello que todavía está en proceso de resolverse.
Cuando cultivamos ese espacio, el organismo aprende a reconocerlo. Y cuanto más lo reconoce, más disponible puede estar. Entonces la presencia deja de ser solamente algo que hacemos durante una sesión de Focusing. Comienza a convertirse en una forma de relación con nosotros mismos.
Una manera de decir:
“Aquí estoy”.
Y también:
“Puedes estar aquí”.
No importa si lo que llega es miedo, tristeza, rabia, confusión, deseo, vergüenza o esperanza. La presencia no necesita elegir cuál experiencia merece entrar.
Puede acoger. y al acoger, algo comienza a moverse. Quizá lentamente, quizá de una manera inesperada, quizá sin que podamos explicar exactamente por qué. Pero algo que estaba detenido comienza nuevamente a tener futuro.
Esta es, en último término, la cartografía experiencial: no el mapa de lo que somos, sino el mapa de aquello que está llegando a ser cuando nos relacionamos con nuestra experiencia desde la presencia.
Y ese mapa no se encuentra terminado dentro de nosotros. Se dibuja mientras vivimos.


