
Una reflexión sobre la aceptación incondicional en la psicoterapia centrada en la persona y experiencial.
Por Ps.Antonio Briones
1. Una reflexión difícil de escribir
Reconozco que este es un artículo particularmente difícil de escribir. No porque la aceptación sea un concepto especialmente complejo de comprender desde el punto de vista psicológico, sino porque su significado parece haberse vuelto más controvertido en el contexto cultural y social en el que vivimos.
Cuando Carl Rogers formuló las condiciones necesarias para facilitar el cambio terapéutico, propuso tres actitudes fundamentales: la congruencia o autenticidad del terapeuta, la comprensión empática y la consideración positiva incondicional. Esta última constituye uno de los pilares más conocidos del enfoque centrado en la persona ECP. Se trata de una disposición profunda a recibir al otro sin reducirlo a sus conductas, errores, contradicciones, creencias o circunstancias personales.
Sin embargo, hoy considero necesario volver sobre esta idea y examinarla con mayor detenimiento. ¿Qué significa realmente aceptar incondicionalmente a una persona? ¿Hasta dónde llega esa aceptación? ¿Significa que debemos validar todas sus expresiones, decisiones y comportamientos? ¿Qué ocurre cuando aquello que una persona considera legítimo para sí misma implica negar, perjudicar o violentar los derechos de otra?
Estas preguntas no son exclusivamente clínicas. También tienen una dimensión cultural, política y social.
Vivimos tiempos de importantes transformaciones. Diversos movimientos sociales han conseguido visibilizar injusticias históricas y reivindicar derechos legítimos de personas y comunidades que durante mucho tiempo fueron discriminadas o excluidas. Estos procesos han contribuido a ampliar nuestra comprensión de la dignidad humana y a cuestionar prácticas sociales que merecían ser revisadas.
No obstante, también observamos expresiones de intolerancia, descalificación, violencia y exclusión provenientes de algunos sectores que, paradójicamente, sostienen sus reivindicaciones en nombre de la libertad, la justicia o la inclusión. En ocasiones, la discrepancia se interpreta como una agresión, el desacuerdo como una forma de violencia y quien piensa diferente termina convertido en un adversario moral al que no se le reconoce legitimidad para participar en la conversación.
Algo semejante ocurre en los debates sobre inmigración, integración cultural, religión y convivencia. Las sociedades democráticas tienen el desafío de acoger a personas provenientes de distintas tradiciones, pero también necesitan proteger los principios que hacen posible esa convivencia. La libertad religiosa, por ejemplo, no puede justificar la imposición de creencias ni la vulneración de derechos fundamentales. Del mismo modo, el respeto a las diferencias culturales no exige aceptar prácticas que atenten contra la integridad o la libertad de otras personas.
No se trata de identificar una cultura, religión o movimiento social completo con sus expresiones más radicales. Se trata de reconocer que ninguna reivindicación, identidad o tradición puede quedar exenta de una reflexión ética sobre sus consecuencias.
En este contexto, la paradoja de la tolerancia planteada por el filosofo Karl Popper adquiere especial relevancia: ¿puede una sociedad tolerar ilimitadamente a quienes utilizan la libertad para destruir las condiciones que permiten la libertad de todos?
La pregunta merece ser considerada también desde la psicoterapia.
2. Rogers y la aceptación incondicional: comprender antes que juzgar
Para comprender adecuadamente la propuesta de Rogers, es necesario situarla en su contexto original.
La consideración positiva incondicional surge como una respuesta a las relaciones humanas condicionadas por la evaluación, el juicio y la exigencia de satisfacer determinadas expectativas para recibir reconocimiento y afecto.
Desde esta perspectiva, muchas personas han aprendido a organizar su experiencia en función de lo que otros esperan de ellas. Algunas partes de sí mismas son aceptadas, mientras que otras son rechazadas, ocultadas o reprimidas. Se desarrolla así una distancia entre la experiencia organísmica y la imagen que la persona ha construido para obtener aceptación.
El resultado puede ser una existencia marcada por la incongruencia: la persona experimenta algo, pero siente que no puede reconocerlo; desea algo, pero considera que no debería desearlo; experimenta emociones que juzga inaceptables y termina organizando su vida alrededor de la necesidad de mantener una imagen aceptable ante los demás.
La aceptación incondicional del terapeuta busca precisamente ofrecer una experiencia relacional diferente.
El paciente no necesita demostrar que es una buena persona, justificar sus emociones o presentar una versión socialmente aceptable de sí mismo para ser recibido en el espacio terapéutico. Puede expresar su rabia, vergüenza, miedo, resentimiento, contradicciones e incluso pensamientos que le resultan difíciles de reconocer.
El terapeuta no necesita aprobar esos contenidos para poder recibirlos.
Esta distinción es fundamental.
Aceptar a alguien no significa compartir sus opiniones, estar de acuerdo con sus decisiones o considerar apropiadas todas sus conductas. Significa reconocer su condición humana y su dignidad, manteniendo una disposición abierta a comprender el mundo experiencial desde el cual se organiza su comportamiento.
La aceptación es, ante todo, una actitud relacional.
No es una certificación moral de lo que el otro hace.
3. Aceptar a la persona no significa aceptar cualquier conducta
Aquí encontramos una de las distinciones que considero más importantes para comprender la aceptación desde una perspectiva terapéutica.
Podemos aceptar a una persona y, al mismo tiempo, rechazar determinadas conductas que realiza.
Podemos comprender el sufrimiento de alguien que ha desarrollado comportamientos agresivos sin justificar la agresión. Podemos reconocer la historia de una persona que ha experimentado abandono, violencia o humillación y comprender cómo esas experiencias han influido en su manera de relacionarse, sin por ello permitir que continúe dañando a quienes la rodean.
La comprensión no elimina la responsabilidad.
De hecho, una psicoterapia que se limita a comprender, pero que no permite reconocer las consecuencias de los propios actos, corre el riesgo de convertirse en un espacio de justificación permanente.
El terapeuta puede recibir la rabia del paciente sin convertirse en destinatario pasivo de sus agresiones. Puede comprender su necesidad de control sin facilitar conductas coercitivas. Puede reconocer sus temores y resistencias sin renunciar a señalar aquello que pone en peligro su integridad o la de otras personas.
En este sentido, la aceptación incondicional no debe confundirse con la permisividad.
La permisividad supone, en ocasiones, retirar los límites para evitar el conflicto, preservar una relación o no incomodar al otro. La aceptación, en cambio, permite establecer límites sin retirar el reconocimiento de la persona.
Podríamos expresarlo de la siguiente manera: puedo aceptarte como persona, comprender lo que estás viviendo y estar dispuesto a acompañarte en tu proceso, pero eso no significa que deba aceptar que me dañes o que dañes a otras personas.
Esta posición no contradice necesariamente el pensamiento de Rogers. Por el contrario, permite comprender mejor su propuesta cuando la situamos en una relación terapéutica real, donde existen dos personas, responsabilidades diferenciadas y condiciones concretas para que el encuentro sea posible.
4. La paradoja de la tolerancia y el desafío de la convivencia
En su obra La sociedad abierta y sus enemigos, Karl Popper desarrolla una reflexión que se ha vuelto especialmente pertinente: la paradoja de la tolerancia.
Su planteamiento no consiste en afirmar que debemos dejar de tolerar a quienes piensan diferente. Más bien advierte que una tolerancia ilimitada puede terminar destruyéndose a sí misma cuando permite que movimientos intolerantes eliminen las condiciones de libertad y discusión que hacen posible una sociedad abierta.
Esta reflexión tiene implicaciones que van más allá de la política.
Una convivencia democrática necesita reconocer la diversidad, proteger las libertades individuales y permitir el desacuerdo. Sin embargo, también requiere ciertos acuerdos fundamentales: el reconocimiento de la dignidad de las personas, la igualdad ante la ley, la libertad de conciencia, el respeto por la integridad física y psicológica y la posibilidad de expresar opiniones sin sufrir persecución.
Estos principios no son incompatibles con la diversidad cultural. Al contrario, constituyen las condiciones para que personas con diferentes tradiciones, creencias y formas de comprender el mundo puedan convivir.
Occidente ha desarrollado, a lo largo de un proceso histórico complejo y contradictorio, importantes tradiciones intelectuales, políticas y jurídicas que han contribuido a construir estos espacios de libertad. La filosofía griega, el derecho romano, el humanismo, la Ilustración y el desarrollo de las democracias constitucionales forman parte de esa herencia.
Sería ingenuo presentar esa historia como una trayectoria perfecta. Occidente también ha conocido guerras, colonialismo, esclavitud, persecuciones religiosas y profundas injusticias. Precisamente, una de sus contribuciones más valiosas ha sido desarrollar herramientas intelectuales y políticas para cuestionar sus propios errores y ampliar progresivamente el reconocimiento de derechos.
Por eso, rescatar sus aportes no significa idealizar su historia, sino reconocer el valor de principios que merecen ser preservados y desarrollados.
La libertad de expresión, la igualdad jurídica, la libertad religiosa y la autonomía individual no deberían convertirse en privilegios disponibles solamente para quienes comparten nuestras ideas.
El desafío aparece cuando alguien reclama libertad para sí mismo, pero niega sistemáticamente esa misma libertad a los demás.
En los debates sobre inmigración e integración cultural, por ejemplo, es legítimo discutir las capacidades de acogida de una sociedad, las condiciones de integración, el cumplimiento de las leyes y la compatibilidad entre determinadas prácticas y los derechos fundamentales. Pero esa discusión debe evitar transformar a las personas inmigrantes, o a comunidades religiosas enteras, en responsables colectivas de conductas individuales o de expresiones extremistas.
La tolerancia no consiste en renunciar a nuestros principios. Consiste en defenderlos sin convertirnos en aquello que cuestionamos.
Y esta distinción también resulta fundamental en psicoterapia.
5. La persona como proceso: una mirada desde la psicoterapia experiencial
Volvamos al espacio terapéutico.
Desde la perspectiva centrada en la persona, el ser humano no puede comprenderse adecuadamente como una estructura fija, determinada de una vez y para siempre por sus características, diagnósticos, antecedentes o comportamientos.
Rogers plantea una comprensión de la persona como un proceso en constante devenir. El organismo posee una tendencia actualizante, una orientación hacia el desarrollo, la conservación y la expansión de sus posibilidades.
Esta concepción encuentra una resonancia particular en el pensamiento de Eugene Gendlin y su desarrollo de la psicoterapia orientada al Focusing.
Gendlin nos invita a comprender que la experiencia humana contiene una dimensión implícita, corporalmente sentida, que todavía no ha sido completamente simbolizada. La persona no solamente piensa sobre lo que le ocurre: también lo siente de una manera global, corporal y significativa.
En el proceso de Focusing, esa sensación sentida o felt sense puede abrir una comprensión nueva de aquello que estamos viviendo.
No se trata simplemente de identificar emociones o describir acontecimientos. Se trata de establecer una relación de atención con una experiencia que todavía no ha encontrado palabras suficientemente precisas.
Cuando el terapeuta facilita este proceso, no impone desde afuera una interpretación sobre lo que el paciente debería sentir, pensar o hacer. Ofrece las condiciones para que la propia experiencia pueda desplegar nuevos significados.
Aquí la aceptación adquiere una dimensión especialmente profunda.
Aceptar significa permitir que la experiencia pueda presentarse tal como está ocurriendo, sin apresurarnos a corregirla, explicarla, minimizarla o juzgarla.
Una persona puede llegar a terapia sintiendo odio hacia alguien, experimentando deseos de venganza, avergonzada por sus pensamientos o profundamente confundida respecto de sus relaciones. Si el terapeuta se apresura a condenar esa experiencia, probablemente dificulte que el paciente pueda entrar en contacto con ella de una manera genuina.
Pero si puede recibirla con una actitud abierta, diferenciando entre experimentar algo y actuarlo, se abre una posibilidad de transformación.
La persona puede comenzar a descubrir qué hay debajo de esa rabia, qué necesidad no reconocida está intentando expresar, qué temor organiza su comportamiento o qué experiencia dolorosa permanece sin integrar.
Esto no significa que toda experiencia sentida conduzca automáticamente a una conducta saludable o moralmente correcta. La experiencia corporal es una fuente de información y significado, no una autoridad ética infalible.
La tarea terapéutica consiste en facilitar una relación más consciente, diferenciada y responsable con la propia experiencia.
6. La aceptación como condición para el cambio, no como renuncia a la responsabilidad
Existe una paradoja interesante en la psicoterapia: muchas veces, aquello que una persona necesita cambiar comienza a transformarse cuando deja de luchar contra su existencia.
Una persona que se odia por sentir celos puede necesitar primero reconocer esos celos. Alguien que se avergüenza de su dependencia emocional puede necesitar aproximarse a la necesidad de afecto que existe detrás de ella. Quien experimenta impulsos agresivos puede necesitar reconocerlos sin identificarse completamente con ellos.
La aceptación permite establecer una distancia diferente respecto de la experiencia.
Ya no necesito negar que siento rabia para considerarme una persona valiosa. Tampoco necesito justificar mi agresividad para reconocer que estoy sufriendo.
Puedo reconocer lo que ocurre en mí y, desde ese reconocimiento, comenzar a elegir cómo responder.
Esta distinción es esencial porque la responsabilidad personal no surge necesariamente del juicio externo. Muchas veces se desarrolla cuando una persona puede mirar su propia experiencia sin tener que defenderse permanentemente de ella.
Desde el Focusing, este proceso implica permanecer en contacto con aquello que se siente, permitir que aparezcan significados nuevos y reconocer los movimientos internos que pueden orientar una transformación.
El cambio no se produce porque el terapeuta le indique al paciente cómo debe vivir, sino porque se generan condiciones relacionales y experienciales que permiten una reorganización de su manera de comprenderse y relacionarse con el mundo.
Sin embargo, debemos evitar una interpretación ingenua de este principio.
Que una persona tenga una tendencia actualizante no significa que todas sus decisiones expresen necesariamente esa tendencia de una manera constructiva. Tampoco significa que debamos esperar pasivamente a que el proceso se resuelva por sí solo.
El proceso terapéutico necesita un marco.
7. La importancia del marco terapéutico: la incondicionalidad no es ausencia de límites
Un espacio psicoterapéutico no es un lugar donde todo está permitido.
Es un encuentro humano que se desarrolla bajo determinadas condiciones éticas, profesionales y relacionales. Existen acuerdos sobre confidencialidad, horarios, honorarios, responsabilidades, respeto mutuo y límites de la relación terapéutica.
Estos elementos no son accesorios ni contradicen la aceptación incondicional. Constituyen parte de las condiciones que hacen posible el trabajo clínico.
Imaginemos, por ejemplo, a un paciente que insulta reiteradamente al terapeuta, amenaza con agredir a terceros o intenta utilizar el espacio terapéutico para justificar conductas violentas.
El terapeuta puede comprender el sufrimiento, la historia y las circunstancias que acompañan esas conductas. Puede explorar su significado y facilitar que el paciente desarrolle otras formas de relacionarse. Pero también tiene la responsabilidad de establecer límites y proteger la seguridad de las personas involucradas.
En algunas situaciones será necesario interrumpir una sesión, establecer condiciones específicas para continuar el tratamiento, realizar una evaluación de riesgo o activar los procedimientos de protección correspondientes.
Nada de esto implica retirar la dignidad al paciente.
Por el contrario, reconocer que una conducta tiene consecuencias y que existen límites para su expresión también constituye una manera de tomar en serio a la persona y su capacidad de responsabilidad.
La aceptación incondicional no significa que el terapeuta deba aceptar cualquier condición relacional para mantener el vínculo.
Podríamos decir que la aceptación se dirige a la persona, mientras que las intervenciones y los límites se relacionan con las conductas, sus consecuencias y las condiciones necesarias para sostener el proceso terapéutico.
Aquí aparece una distinción que considero fundamental: la incondicionalidad en la valoración de la persona no exige una incondicionalidad en la relación ni en la aceptación de sus comportamientos.
Un terapeuta puede mantener una actitud profundamente respetuosa y, al mismo tiempo, ser firme, claro y congruente respecto de aquello que no está dispuesto a permitir.
De hecho, la congruencia del terapeuta exige que no finja una aceptación que no experimenta, ni que sacrifique sus propios límites para representar una imagen idealizada de comprensión.
8. De la psicoterapia a la sociedad: la aceptación como principio de convivencia
Si trasladamos esta reflexión al ámbito social, encontramos una analogía interesante.
Una sociedad democrática necesita aceptar la diversidad de sus integrantes. Necesita permitir que existan distintas formas de comprender la vida, diferentes creencias religiosas, orientaciones filosóficas, tradiciones culturales y proyectos personales.
Pero esa aceptación debe desarrollarse dentro de un marco de respeto recíproco.
No podemos reclamar libertad para expresar nuestras convicciones mientras negamos a los demás la posibilidad de expresar las suyas. Tampoco podemos exigir respeto por nuestra identidad mientras consideramos legítimo humillar, amenazar o violentar a quienes no comparten nuestras ideas.
La convivencia requiere reciprocidad.
Esto no significa que todos debamos pensar igual, ni que exista una obligación de alcanzar acuerdos sobre todas las cuestiones morales, políticas o culturales. Significa que necesitamos reconocer ciertos límites comunes que permitan proteger la libertad y la dignidad de todos.
En este sentido, una sociedad puede ser profundamente tolerante y, al mismo tiempo, establecer límites claros frente a la violencia, la coacción, la discriminación y la vulneración de derechos.
La tolerancia no es indiferencia. Tampoco es una renuncia a evaluar críticamente las ideas y las prácticas humanas.
Es una disposición a convivir con la diferencia sin convertirla automáticamente en una amenaza, pero también sin renunciar a defender aquello que hace posible la convivencia.
La psicoterapia puede ofrecernos una enseñanza importante al respecto: es posible comprender al otro sin tener que estar de acuerdo con él. Es posible escuchar sin validar. Es posible reconocer el sufrimiento sin justificar el daño. Y es posible establecer límites sin deshumanizar.
9. Una aceptación madura
Quizás ha llegado el momento de revisar algunas interpretaciones simplificadas de la aceptación incondicional.
En ocasiones, se la ha entendido como una disposición a no cuestionar, no confrontar o no establecer límites. Como si la comprensión auténtica exigiera suspender cualquier juicio respecto de las consecuencias de las acciones humanas.
Pero una aceptación de esta naturaleza puede terminar siendo poco facilitadora.
En el contexto terapéutico, puede favorecer la dependencia, dificultar el reconocimiento de la responsabilidad personal o convertir la relación clínica en un espacio donde el paciente encuentra comprensión, pero no necesariamente nuevas posibilidades de transformación.
En el contexto social, puede conducir a relativizar prácticas que vulneran derechos fundamentales o a confundir el respeto por las diferencias con la obligación de aceptar cualquier comportamiento.
La aceptación madura requiere integrar varias dimensiones:
- Reconocer la dignidad de cada persona, independientemente de sus características, historia o circunstancias.
- Estar dispuesto a comprender su experiencia sin reducirla a categorías, diagnósticos o juicios morales.
- Diferenciar entre lo que una persona experimenta y las acciones que decide realizar.
- Reconocer que las conductas tienen consecuencias y que existe responsabilidad por ellas.
- Establecer límites cuando sea necesario para proteger la integridad propia y de los demás.
- Mantener la posibilidad de diálogo y transformación, incluso cuando existen desacuerdos profundos.
Esta comprensión permite rescatar la profundidad de Rogers sin convertir su propuesta en una especie de mandato de permisividad.
La aceptación no elimina el discernimiento. Lo hace posible desde una posición menos defensiva y más humana.
10. A modo de conclusión: aceptar sin renunciar a nuestros principios
La aceptación incondicional constituye una de las contribuciones más valiosas de la psicoterapia centrada en la persona. Nos recuerda que el cambio humano difícilmente puede desarrollarse en un contexto de permanente evaluación, amenaza o descalificación.
Una persona necesita encontrar un espacio donde pueda reconocerse, explorar su experiencia y descubrir nuevas posibilidades de existencia sin tener que defender constantemente su derecho a ser.
Desde la psicoterapia experiencial orientada al Focusing, esta aceptación adquiere una dimensión todavía más profunda: permite que la persona entre en contacto con su experiencia corporalmente sentida, descubra significados que todavía no han sido formulados y participe activamente en su propio proceso de transformación.
Pero para que esto ocurra, necesitamos comprender que aceptar no significa aprobarlo todo.
La persona merece respeto; sus conductas pueden y deben ser examinadas. Su experiencia merece ser escuchada; sus acciones tienen consecuencias. Su libertad es fundamental; también lo es la libertad de quienes comparten su mundo.
La incondicionalidad sin marco puede transformarse en una ausencia de responsabilidad. Y la ausencia de límites, tanto en una relación terapéutica como en una sociedad, puede terminar perjudicando precisamente aquello que pretendía proteger.
Quizás la verdadera madurez de la aceptación consista en sostener simultáneamente dos posiciones que parecen contradictorias, pero que en realidad se complementan: una profunda apertura hacia la persona y una clara responsabilidad respecto de las condiciones que hacen posible una convivencia digna.
Podemos recibir al otro sin exigirle que sea diferente para merecer nuestra consideración. Podemos acompañarlo sin justificar sus actos. Podemos comprender su sufrimiento sin convertirnos en cómplices de aquello que produce sufrimiento.
Y podemos defender nuestros principios sin dejar de reconocer la humanidad de quienes piensan diferente.
En definitiva, aceptar no significa renunciar a nuestros propios valores, sino crear las condiciones para que el encuentro humano y la transformación sean posibles.
La aceptación abre la puerta al cambio, pero son los límites, la responsabilidad y el respeto mutuo los que permiten que ese cambio pueda desarrollarse en un espacio seguro y verdaderamente humano.
