¿QUIÉN ESTÁ VIVIENDO TU VIDA?

¿QUIÉN ESTÁ VIVIENDO TU VIDA?

(Extracto del libro «Crecer en intimidad»)

Por: John Amodeo.

Para mucha gente, reconocer que no todo va bien -que nuestras vidas no son tan ricas y llenas de sentido como podrían ser- es el comienzo de la sabiduría. Muchas veces resulta difícil darse cuenta de esto, sobre todo si los que nos rodean están conspirando en silencio para convencernos de que «todo es estupendo . Sin embargo, esta sencilla constatación puede convertirse en una importante entrada hacia una dimensión sorpren­dentemente llena de significados, vitalidad y felicidad. El simple reconocimiento de que, por lo menos en cierto sentido, estamos insatisfechos, o de que podríamos ser más felices en nuestra vida y nuestras relaciones, puede ser el camino hacia esa realización y esa paz mental a las que tenemos derecho por haber nacido.

Nuestra sociedad hipertensa y despersonalizada nos da muy poco apoyo para que nos tomemos un tiempo para comprendemos en el grado que sería necesario para poder vivir una vida auténticamente feliz. La educación formal que recibimos se olvida de enseñarnos habilidades para desarrollar un amor y una intimidad duraderas. Además, muy pocos de nosotros han crecido en un hogar que impulsara la capacidad de conocer nuestros propios sentimientos, comunicarlos de forma satisfactoria y escuchar atentamente la experiencia de otros.

Arrastrando con pesadumbre esta falta de conocimiento y de destrezas, necesarias para iniciar y mantener relaciones satisfactorias,  las personas van creciendo con estas carencias. Por desgracia, son ellos entonces, los deficientemente educados, los que se convierten en padres, profesores y líderes de las siguientes generaciones. Y así se perpetúa el círculo.

Como verás, la clave esencial para tener relaciones satisfactorias es ser consciente de lo que quieres y aceptar que tengan que ocurrir ciertos cambios dentro de ti mismo, para poder describir con realismo tus deseos y preferencias. Cumplir esto requiere la habilidad de afirmarte a ti mismo, dando importancia a los sentimientos y necesidades que se encuentran en lo más profundo de tu esencia como ser humano. Si aprendes a contactar y respetar estos sentimientos genuinos, sin pararte a criticar los auto-castigos o las auto-anulaciones, podrás comenzar a caminar de forma natural hacia dimensiones del amor y la intimidad mucho más enriquecedoras. De todas formas, antes de comenzar, puede serte útil darte cuenta de hasta qué punto has estado perdiendo contacto contigo mismo y con tus sentimientos y necesidades más genuinas.

 El proceso de perder el contacto con nosotros mismos

 Desde nuestro nacimiento, dependemos en gran medida de los demás. La criatura humana depende de sus padres para sobrevivir durante un período de tiempo más largo que otras especies. Y también va quedando cada vez más patente que los niños dependen en gran medida de sus padres para desarrollarse emocionalmente. La falta de contacto emocional positivo provoca frustración/ ansiedad y retraimiento, así como una mayor dificultad para progresar sin problemas hacia los siguientes estadios del crecimiento.

Como el niño es incapaz de comunicar sus numerosas necesidades físicas y emocionales, muchas de ellas caen en saco roto. Todos los padres han experimentado la frustración de no saber qué es lo que quiere su bebé cuando está llorando. Además, los padres, por muy perfectos que sean, seguramente no pueden satisfacer todas las múltiples demandas a las que se ven sometidos  Como resultado de esto, el niño experimenta el terror periódico de encontrarse completamente solo, aislado y vulnerable y la rabia periódica hacia el mundo por no satisfacer todas sus necesidades.

A medida que el niño pequeño se va haciendo mayor, la necesidad de amor y pertenencia continúa siendo primordial. Como el niño depende completamente de sus padres para satisfacer sus necesidades, los deseos y opiniones de éstos se convierten en lo más importante. Esta confianza básica en la buena voluntad de los padres muestra hasta dónde llega el poder que padres y otras figuras relevantes ostentan sobre el niño. La posibilidad de no gustar o no ser querido es una perspectiva terrorífica para un niño indefenso. La desaprobación es vivida como un rechazo doloroso. Y un rechazo continuo puede llegar a experimentarse como una negación hacia el propio derecho básico de existir, a no ser que el niño se «adapte» o se «porte bien».

Como es incapaz de quedarse solo, como individuo independiente  la sensación de bienestar del niño depende de la valoración y el apoyo de los demás. La falta de aprobación o el castigo puede propinar un golpe terrible a su autoestima y a su desarrollo mental. La afectividad retenida le creará una ansiedad enorme, porque el niño luchará desesperadamente por poder sentir amor y aprobación. Una constante desaprobación puede llevar al niño a una depresión profunda, porque abandonará la esperanza. Estos ciclos de ansiedad y desesperación pueden constituir la base de un patrón de conducta frustrado que, si no se resuelve, puede persistir a lo largo de toda la vida adulta.

Las actitudes, sentimientos y acciones van formándose poco a poco a través de los deseos y las demandas de los adultos más significativos, especialmente los padres. Como el niño no posee la capacidad de tolerar el rechazo continuo, tiene que aprender a adoptar actitudes y conductas que están aceptadas -y a eliminar aquellas que conlleven una posible condena. Por ejemplo, muchas personas de nuestra sociedad, especialmente mujeres, han aprendido que enfadarse no está permitido- expresar ira les ha llevado a ser castigadas o excluidas. De la misma forma, a muchos hombres se les ha enseñado que sentirse tristes o dolidos es un signo de debilidad y por tanto, es incorrecto. Mensajes de este estilo, repetidos frecuentemente, inducen al vulnerable niño a buscar maneras de evitar esos sentimientos prohibidos; aprender a “endurecerse” en un mundo que está definido por los adultos. Al poco tiempo, con una habilidad admirable para adaptarse a las hostiles demandas del entorno, el joven aprende no solamente a no sentir, sino incluso a no expresar emociones e impulsos que puedan desagradar a las personas más significativas para él.

Para que esta estructura adaptativa quede asegurada, adoptamos una serie de ideas que refuerzan y sirven de justificación para reprimir nuestros sentimientos. Por ejemplo, si se nos ha enseñado persistentemente que «sólo los bebés lloran», o que sólo los niños malos se enfadan, cuando comencemos a experi­mentar estos sentimientos, los reprimiremos a través del poder recientemente adquirido que nos confieren los pensamientos y las creencias autocríticas. Estas cogniciones crean una voz interna que nos dice cómo comportarnos y cuándo hemos de «controlarnos». El desarrollo de este «diálogo interno» controlador o de este «crítico interno», unido a una coraza muscular o contracciones en todos los tejidos de nuestros cuerpos, es el precio que pagamos por satisfacer nuestra necesidad imperiosa de aceptación y aprobación. Si se nos ha enseñado a negar el enfado, por ejemplo, entonces, en las situaciones en las que éste sería la respuesta humana más natural (como cuando nos sentimos pisados, oprimidos o ignorados por otros), podemos caer en una tristeza introvertida o una depresión. De pequeños, esto puede ir acompañado de pensamientos como «soy un chico malo si me enfado» o «si se enteran, me pegarán». De adultos, estos pensamientos se harán más sofisticados y complejos. Por ejemplo, podemos decirnos: «Estoy siendo demasiado sensible. No debería reaccionar de forma tan fuerte» o «no vale la pena trastornarse por esto» o «es imposible tratar a estas personas -nunca me comprenderán». Como resultado de estas racionalizaciones  nuestro impulso corporal natural de expresar el enfado se reprime -agarrotando la vitalidad, produciendo culpabilidad y reforzando la autoimagen de que tiene que haber algo malo en nosotros. Con el tiempo, esto puede provocar una depresión crónica, en la que nuestros sentimientos se encuentran literalmente «metidos a presión» dentro de nosotros y nos sentimos desesperanzados, paralizados, aletargados o inseguros de nosotros mismos.

Otro patrón típico que surge como resultado de negar nuestros sentimientos verdaderos, consiste en enmascarar un miedo o una tristeza encubierta con enojo o con un estoico control emocional. Los hombres «verdaderos», por ejemplo, se enfadan  pero, al igual que John Wayne o Clint Eastwood, jamás sienten miedo, aunque las balas pasen silbando al lado de sus oídos. Cuando se dan circunstancias que normalmente elicitarían temor o dolor, surge una reacción inmediata de cólera que levanta una cortina de humo protectora contra emociones más comprometidas. Por ejemplo, al contemplar nuestras vidas, en vez de reconocer ansiedad, arrepentimiento o insatisfacción, acusaremos a nuestra esposa de no haber satisfecho todas nuestras necesidades, como si fuera responsabilidad suya. O nos aislaremos de los demás fingiendo estar excesivamente preocupados por nuestro bienestar.

Este tipo de persona aprende a evitar los sentimientos más blandos convirtiéndose en un «tipo duro» o lo que expresamos irónicamente como «todo un señor responsable». Se presentan como ejecutivos con carrera ascendente, que piensan que la vida es una lucha solitaria por la supervivencia. Pedir ayuda se ve como una debilidad; necesitar apoyo es embarazoso y amenazante. Un ejemplo de la encarnación más sutil de este deseo de controlar sentimientos son los animosos «expertos» que dan cursos de fin de semana, pensando que uno puede crear su propia realidad con el poder que le da el tener las ideas claras.

Como temen la dependencia, estas personas mantienen la separación a través de una postura que los psicólogos denominan «contra-dependencia». Dicho en otras palabras, hay tanto miedo a necesitar a alguien o a ser dependiente, que la persona reacciona creando unas creencias y unos comportamientos que le proporcionan una distancia «segura» de los demás.

La necesidad de aceptación y apoyo se admite sin problemas en la infancia; sin embargo, no solemos reconocer con tanta claridad que nuestra vulnerabilidad emocional no ha terminado al llegar a la edad adulta. Todavía deseamos ser queridos. Todavía nos afectan mucho las opiniones que tengan los demás de nosotros. Todavía queremos ser amados, aceptados y formar parte del grupo.

El mercado publicitario es muy consciente de esta vulnerabilidad adulta. Aprovechándose y explotando nuestro deseo frustrado de amor y aprobación, las empresas elaboran audaz­mente anuncios y persuasivas campañas televisivas que atacan a nuestros miedos e insatisfacciones. Aconsejados por psicólogos industriales, las empresas llenan los medios de comunicación  con mensajes que nos cuentan qué es lo que necesitamos para ser aceptados, bien vistos o exitosos: con sólo adquirir el último tipo de pasta de dientes, cigarrillos, pantalones o coches, obtendremos por fin el amor, la aprobación o la realización sexual que siempre hemos deseado. Solemos pensar que estamos por encima de estos intentos de manipulación de la publicidad  pero si esto fuera cierto, las empresas no gastarían millones cada año en convencernos de que compremos su producto. Hay un producto para cada insatisfacción concebible. Y si nos entra un dolor de cabeza por intentar decidir qué comprar, también hay un producto que cubre esta necesidad.

Al hacernos mayores, una especie de inteligencia interna nos va guiando hacia la supervivencia y lejos de la amenaza. Nuestro carácter se va estabilizando poco a poco de forma que nos permite pasar por encima de las emociones y evitar aquellas experiencias que puedan encontrar rechazo. Aprendemos actitudes y conductas que aumentan la probabilidad de ser queridos y respetados por los demás. Los patrones de personalidad quedan firmemente establecidos a una edad temprana y, a partir de ahí, nos vamos olvidando oportunamente de todo aquel proceso que nos ha llevado hasta este triste estado de aislamiento de nuestros verdaderos sentimientos y necesidades  «Yo soy así», nos decimos muchas veces. Y realmente, así es cómo nos hemos vuelto, obligados por las fuerzas de nuestro entorno, que están muy lejos de nuestro control. Al haber sucumbido a ellas, ya no vivimos nuestras propias vidas. Hemos perdido la comunicación con lo más profundo de nuestras emociones verdaderas, y hemos perdido el contacto con aquellas cosas de la vida que son realmente importantes para nosotros. No es de extrañar que estemos confusos y frustrados -inseguros de lo que queremos realmente y desconcertados respecto a la forma de encontrar la paz mental que deseamos. Nuestra sensibilidad emocional y, tal vez, la supervivencia física nos han hecho abandonarnos.

El cambio positivo comienza con la constatación realista de que, en vez de vivir plenamente nuestra vida, estamos llevando el tipo de vida que otros nos han obligado a adoptar. Podemos re-conectar con esa fuente latente de significado y satisfacción, si somos conscientes de que nos hemos introduci­do de forma lenta e inconsciente en un acuerdo tácito con In sociedad. Al darnos cuenta de que nos hemos puesto todos de acuerdo para permanecer bajo el dominio de unas reglas rígidas  unos roles sociales opresores y una forma comúnmente aceptada de sentir y comportarnos, podremos empezar a encontrar una salida a esta situación tan triste. A partir de aquí, en vez de continuar perpetuando un estilo de vida que no permite el contacto con nuestros verdaderos sentimientos, necesidades e intereses, podremos comenzar a sentirnos más libres y vivos a través del primer paso de palpar y valorar cómo nos sentimos realmente.

Muchas personas acceden finalmente a enfrentarse a esta falta de contacto con ellos mismos, tras haber fracasado al intentar afrontar un evento traumático o una serie de desilusiones seguidas. Un cambio estresante de trabajo, una enfermedad repentina, la pérdida de un ser querido, una separación o una amenaza de divorcio pueden revelar la pobreza de nuestras defensas en las que tanto confiábamos. Esperanzas rotas, frustraciones repetidas o miedos recurrentes pueden provocar un desmoronamiento de las viejas creencias en las que se basaba nuestra percepción estable de la realidad. El resultado es un período en el que nos encontramos entre dos maneras de ver la vida -temporalmente/ habremos perdido pie. Tendremos que aceptar de mala gana que la antigua imagen que teníamos de nosotros mismos y nuestra sensación de realidad, son inadecuadas para combatir la crisis que estamos teniendo ahora mismo.

Este doloroso período puede llegar a ser muy creativo si permitimos que nuestras defensas, que antaño fueron tan necesarias  permanezcan inactivas, y afrontamos valientemente nuestra situación actual. Será entonces cuando/ en vez de evitar la crisis o luchar por controlar las cosas a través del poder de nuestra voluntad/ podremos aprovechar esta etapa para explorar aquellos sentimientos y significados que pueden haber sido demasiado temibles como para enfrentarnos directamente a ellos, pero que, sin embargo, ahora son necesarios para explorar y crecer.

La llegada de una crisis difícil no es el único impulso que recibimos en el proceso de crecimiento personal. Podemos optar por ocuparnos de nuestras vidas antes de que insatisfacciones más pequeñas se vayan acumulando hasta formar una situación de emergencia. En cualquier caso, los pasos positivos se van desplegando a medida que aprendemos a “acompañar” a nuestro permanente proceso interno. Si nos abrimos a lo real de nuestras vidas, nos sentiremos más cómodos siendo nosotros mismos.

Podremos llegar a sentir que cada etapa que atravesamos en nuestro camino hacia el auto-descubrimiento, es un avance hacia una menor tensión interior, un conflicto interpersonal más leve y una mayor sensación de libertad y felicidad. Al permitirnos escuchar, comprender y expresar los sentimientos que afloran, desarrollaremos una relación de aceptación hacia todo lo que somos realmente. Nos daremos cuenta de que sentimientos que antaño eran temibles o amenazantes contienen una integridad y sabiduría que nos pueden llevar hacia puntos positivos  El resultado es que comenzaremos a sentirnos cada vez más vivos y auténticos. A medida que nos vayamos liberando más y más de nuestros condicionantes históricos, comenzaremos a vivir nuestras propias vidas y encontraremos puntos en común con otras personas que están creciendo de forma pareci­da. Las posibilidades de desarrollar una intimidad viva y espontánea se nos abrirá entonces de una forma tan profunda como nunca antes lo hubiéramos imaginado.

LOS MITOS ROMÁNTICOS CON LOS QUE VIVIMOS

Una de las formas más desacertadas de perder el contacto con nuestros verdaderos sentimientos y necesidades consiste en interiorizar los mitos culturales y las imágenes que se nos ofrecen  referidas al amor romántico. Imágenes románticas provenientes de cuentos populares, canciones, historias, obras de teatro, películas y anuncios, llenan nuestras mentes y nuestros corazones de ideas obsesivas y expectativas irreales respecto al amor

Ya en los impresionables años preescolares, nos vemos expuestos a una serie de atractivos cuentos de hadas que tratan de personajes maravillosos, como La Cenicienta y El Príncipe Azul. A continuación, al convertirnos en adolescentes ávidos de conocer y comprender, los medios de comunicación nos exponen a más tramas románticas que nos proporcionan modelos irreales respecto a qué esperar y cómo desarrollar una relación íntima. Estos estímulos dejan profundas huellas psicológicas en lo que respecta a futuras posibilidades, que luego anhelaremos y buscaremos. Condicionados por una serie de expectativas claras respecto al tipo de persona maravillosa que, esperamos, nos va a traer amor abundante y una infinita felicidad, aprendemos a comparar cada hombre o mujer con los que nos encontramos, con la imagen idealizada del tipo de pareja que queremos -alguien que, nos coloca con pasión en un pedestal y con quién viviremos felices para siempre.

Signos externos que se van añadiendo a nuestros ideales condicionados incluyen rasgos físicos, como la altura, la constitución  el peinado, la forma de vestir, el estatus social y la capacidad económica. También puede que nos atraigan las personas que nos tratan de la forma educada y cortés propia de príncipes o princesas, independientemente de lo que sientan realmente hacia nosotros.

Experimentaremos una sensación de «enamorarse perdidamente  cuando nos encontremos con alguien que se parezca a estas imágenes tan profundamente arraigadas de nuestra pareja esperada. Esto ocurre, en parte, debido a la estrecha interrelación que hay entre nuestras poderosas energías emocionales y físicas y las imágenes y creencias idolatradas culturalmente. De repente, puede brotar dentro de nosotros un torrente de pasiones dirigidas hacia aquel que encaja con nuestro ideal.

Como creemos, erróneamente, que el camino hacia la felicidad y la plenitud se halla en la realización de nuestros mitos románticos, vamos buscando a alguien que encaje con las imágenes que tenemos de amor, belleza, fuerza o cualquier otro atributo que despierte nuestros anhelos más profundos. En realidad ocurre que, cuando finalmente descubrimos a tan fascinante persona, él o ella se muestran esquivos o difíciles de alcanzar. Exteriormente, podemos sentirnos seducidos o cautivados por esa persona, pero, como a un nivel más profundo no sabemos realmente cómo es, proyectaremos en él/ella toda clase de nobles virtudes que la persona en cuestión realmente no posee. Inconscientemente  vamos atribuyendo a la otra persona todas esas cualidades más profundas, cuando él o ella encajan en las imágenes que erróneamente creemos que están asociadas con esos rasgos tan deseables.

Al «enamorarnos perdidamente» de esa persona, nos estamos intoxicando con nuestras propias expectativas románticas de vivir felizmente para siempre, ahora que por fin hemos encontrado a alguien que se parece a nuestro ideal. Nuestros sentimientos de «estar enamorados» son artificiales, desde el momento en que se derivan de aquellas falsas imágenes. Una intimidad genuina proviene de un contacto auténtico con un ser humano que posee tanto fuerzas como debilidades.

Una mujer, por ejemplo, puede estar buscando al príncipe encantador y atractivo cuya imagen ha sido firmemente impresa en su mente. Pensará que encontrar a esta persona especial le va a garantizar una fuente permanente de amor. Esta persona tan buscada tal vez también tenga que encarnar las buenas cualidades de su padre «bondadoso», o tenga que poseer las características que ella siempre deseó que tuviera su padre, pero nunca tuvo (como la capacidad de protegerla). Desgraciadamente  expectativas de este tipo (ya sean conscientes o no) conllevan un abandono del poder y la autonomía personales. Al depender de un hombre para sentirse bien, esta mujer tendrá seguramente poca autoestima o le dará poco sentido a su vida, fuera de la relación.

Los hombres, por otro lado, pueden estar al acecho de sus bellas princesas -una hermosa y tierna doncella a la que poder proteger y sentirse amados. Este mito refleja el ideal del Príncipe Azul- el «buen chico» o el «macho fuerte» buscando a una mujer amable que le cubra de amor infinito, reconocimiento y alimento. Desgraciadamente, un hombre de este estilo está enamorado más que nada de sus ideales de amor. Su negación a aceptar a la mujer como un individuo autónomo e igual o a revelar sus propios sentimientos y debilidades, muestran una falta fundamental de conciencia para saber lo que se requiere para desarrollar una sensación duradera de intimidad.

Muy pronto después de haberse «enamorado perdidamente  de esta forma, hay una caída inevitable, bien conocida por aquellas personas que han dejado de querer abruptamente. Supone una gran caída ver que nuestras románticas esperanzas y expectativas tan románticas se estrellan sobre las playas rocosas de la realidad. Por ejemplo, una mujer llevada por la búsqueda de un hombre ideal puede sentirse defraudada al descubrir en él «debilidades» inesperadas, como sentimientos de miedo o tristeza. Confundida o sintiéndose traicionada por este descubrimiento  le rechazará por no ser lo suficientemente «fuerte» como para satisfacer sus necesidades. En una idealización más moderna, una mujer puede desear a un hombre que sea capaz de compartir con sensibilidad sus sentimientos. Siendo éste un paso hacia delante, puede seguir habiendo problemas cuando el hombre realmente muestre la vulnerabilidad que ella supuestamente quiere. Por ejemplo, si él se muestra torpe o dudoso a la hora de autoexpresarse puede verse rechazado.

De la misma forma, un hombre puede sentirse defraudado ai descubrir que la compañera que antaño tanto adoró, se enfada de vez en cuando o no está de acuerdo con él. Es decir, se sentirá confundido o enojado porque ella tiene sus propias ideas y una serie de sentimientos que son diferentes de los de él y, por lo tanto, traicionan su deseo de satisfacer sus necesidades controlándola. Un hombre más contemporáneo puede verse a sí mismo como por encima de estas idealizaciones tan estrechas  puede pensar que desea a una mujer independiente. Pero en realidad, su sensación condicionada de masculinidad se puede seguir sintiendo traicionada por una mujer que, realmente, es poderosa y no tiene pelos en la lengua.

Unirse a personas atractivas que están evocando sentimientos de alborozo y excitación, rara vez trae frutos cuando están basados en ideales románticos que carecen de base o sustancia real. Un contacto íntimo requiere estar en contacto con nuestros verdaderos sentimientos -aquellos que existen antes de (o por debajo de) todos esos mitos e imágenes condicionadas social­mente. De hecho, muchas veces, el amor y la intimidad genuinas son difíciles de alcanzar, porque frecuentemente no somos capaces de distinguir nuestra experiencia real de la experiencia secundaria que surge de las huellas creadas por la cultura. El resultado de esta incapacidad para diferenciar nuestros sentimientos y necesidades originales de aquellos que hemos aprendido a medida que hemos ido creciendo, es una gran confusión e insatisfacción.

Antes de poder superar los efectos alienantes de estos mitos románticos condicionados por la sociedad, que se han vuelto parte integrante de nuestra filosofía de vida/ tenemos, primero, que identificar la naturaleza de estos mitos, y darnos cuenta de cómo han influido sutilmente en nuestra forma de relacionarnos con una pareja futura o presente. Si re-evaluamos estas creencias románticas, podremos comenzar a reemplazarlas por visiones más realistas, que nos llevarán más fácilmente hasta las relaciones satisfactorias que deseamos.

Enamorado una vez, enamorado para siempre

Una fórmula muy extendida del mito romántico es la idea de que una vez que «sucumbimos» al amor de una persona, estaremos enamorados de ella para siempre jamás. Además, si realmente queremos a alguien, emprenderemos todo lo que haga falta para mantener intacta esa relación, independientemente de lo denigrados, maltratados o ignorados que nos sintamos. Desde este punto de vista, el «amor verdadero» significa aferrarse simbióticamente a una persona. Aun cuando él o ella nos haya dejado hace tiempo, estaremos esperando siempre su regreso.

Esta creencia no realista explica mucho el tormento que se vive en las relaciones en las que no hay un amor correspondido  Al estar apegados desesperadamente a una única fuente de amor, nos provocamos un considerable dolor y frustración si la otra persona no está dispuesta a responder tal y como lo deseamos.

Muchas veces, una implicación no correspondida queda ridícula ante los ojos de los que están viendo la inutilidad de nuestra situación desesperada. Sin embargo, al «estar enamorado/a» (o al creer que lo estamos), continuaremos preocupándonos de los pensamientos, sentimientos e imágenes de la otra persona. Una atadura así puede persistir aunque estemos recibiendo claros mensajes verbales o no verbales (expresados a través de sus acciones) de que el otro no desea o se siente emocionalmente incapaz de estar con nosotros. Obstinadamente, rechazamos aceptar la realidad de que hay una falta de interés por parte del otro o una falta de interés para plantear las cosas, y continuaremos profesándole nuestro amor. También podemos engañarnos a nosotros mismos con la esperanza de que algún cambio mágico le devolverá a nuestros brazos. Al aterrarnos a estos finos hilos de esperanza, ponemos en peligro nuestra integridad y nos olvidamos de vivir nuestras vidas.

Al vernos incapaces de persuadir a la otra persona, nos sentiremos avergonzados o nos reprocharemos el haber fracasado  Condenarnos a nosotros mismos por no poder obtener lo que queremos, supone una brecha en la autoestima, que puede impactar negativamente todos los aspectos de nuestra vida, porque nos hace retirarnos de un mundo que cada vez es más hostil y peligroso para nosotros.

Al aferramos a una persona inalcanzable, seremos cautivos de nuestras emociones, haciéndonos dependientes del deseo o el anhelo, que equivocadamente identificamos con el amor. Puede que hasta nos sintamos recompensados por mantener esta identificación, por percibirnos como ese héroe determinado que no va a dejar tan fácilmente la noble tarea de permanecer fiel al ser amado; estas historias de amores no correspondidos están muy exaltadas en la literatura y en las películas de hoy en día.

Si dependemos exclusivamente de otra persona para tener una sensación de autoestima y personalidad, nos convertiremos en un rehén emocional de esa persona. Al haber optado, imprudentemente, por rendirnos ante este individuo antes de que una sensación realista de confianza haya tenido tiempo de desarrollarse gradualmente en el intercambio natural entre uno y otro, de pronto, nos encontraremos a merced de sus caprichos y preferencias. Nuestra situación es de indefensión, resultado de los poderosos efectos de los mitos románticos irreales, unidos a una pobreza de recursos internos para apoyarnos adecuadamente a nosotros mismos.

Muchas veces, resulta difícil desprenderse de las ataduras románticas, porque estas imágenes están infundidas de energías emocionales muy poderosas y de impulsos hacia el amor que poseemos de forma innata. Sin embargo, las tendencias de nuestro organismo existen desde antes de estos mitos e ideales adquiridos. Si diferenciamos y conocemos nuestras capacidades innatas, podremos comenzar a crear un amor genuino y unas relaciones íntimas basadas en una dimensión más fundamentalde nuestro ser. Pero primero tenemos que estar dispues­tos a enfrentarnos con valentía a nuestra realidad y lamentar la pérdida de alguien al que no podemos tener, a la vez que renunciamos a nuestros pensamientos románticos e inocentes.

Sólo hay una persona a la que pueda amar profundamente en mi vida

Estrechamente asociada a la idea de «enamorado una vez, enamorado para siempre», está la idea de que sólo hay una persona a la que podamos amar en nuestra vida; y, una vez que encontremos a esta persona, todas nuestras necesidades estarán satisfechas. Esta noción mágica actúa como la búsqueda romántica de la pareja ideal -aquel que, de alguna forma, aplacará nuestra pena, aliviará nuestra soledad y nos aportará cada vez más apoyo y amor; una persona idealizada de esta forma se llama muchas veces nuestro amigo «del alma».

Estar buscando a una persona que encaje con estas fantasías románticas puede llevar a una larga espera. Como estamos cegados con nuestra búsqueda y nuestras expectativas, es fácil que pasemos por alto a personas que pueden ser muy capaces de darnos por lo menos algún tipo de amor y apoyo. Al rechazar a los que tenemos a nuestro alrededor o a nuevas personas que conozcamos, porque no se corresponden con nuestras imágenes mentales, podemos perdernos la verdadera oportunidad que nos podría llevar a esos niveles más profundos de amor y comunicación que estamos esperando. El resultado es que permanecemos aislados porque no aceptamos un príncipe o una princesa con imperfecciones, es decir, un ser humano. De hecho, no nos damos cuenta de que todo el mundo, incluidos nosotros, tiene debilidades y limitaciones humanas, y que si aceptamos a una persona con estas limitaciones, él o ella pueden convertirse gradualmente en esa persona amante y cariñosa con la que deseamos estar. La «química» entre nosotros y la otra persona podría así desarrollarse de forma más gradual, porque conoceríamos mejor sus profundidades y estaríamos en un contacto más auténtico con nosotros mismos.

La idea no realista de que, para nosotros, sólo puede existir una persona en nuestra vida puede volver a perseguirnos cuando pensemos que hemos encontrado a una persona así. Entonces, creeremos estar totalmente felices para el resto de nuestras vidas, porque ahora hemos encontrado al hombre o a la mujer de nuestros sueños. Si esta historia no se hace realidad, nos sentiremos a disgusto con nuestra pareja por cualquier cosa que cause problemas o nos culparemos a nosotros mismos por un final tan desgraciado. Si exploramos la causa de esa relación dudosa o fallida, podemos vernos empujados a comprender cuál es nuestra equivocación. Por desgracia, muchos de nosotros no hemos aprendido nunca este simple hecho de que encontrar una pareja no asegura la felicidad.

Desarrollar una relación satisfactoria requiere un esfuerzo considerable, en el que primero nos tenemos que centrar en nuestro propio crecimiento personal  Los mitos románticos con los que hemos madurado ignoran el hecho de que primero hemos de crecer como individuos autónomos (por lo menos, hasta un punto razonable), antes de poder mantener un compromiso serio con alguien. Asimismo, a no ser que nos conozcamos muy bien a nosotros mismos, -sabiendo cuáles son nuestros sentimientos y afirmando nuestras necesidades, y aprendiendo a comunicarlas de forma responsable,- habremos desarrollado el hábito de depender los unos de los otros para proporcionarnos bienestar.

Al mirar hacia el otro para que éste nos haga sentirnos felices o plenos, no podemos tener una responsabilidad realista respecto a nuestras vidas. Cargar al otro con esta dura tarea puede llevarnos a estar descontentos con nosotros mismos por apoyarnos con demasiada pesadez en el otro.

Creer que sólo existe una posible pareja o fuente de amor en nuestra vida nos deja aislados y nos priva de experimentar una comunicación que sería posible a través de otras amistades. Además, si la relación o el matrimonio se rompen por diferencias no resueltas o por la muerte de la otra persona, nos sentiremos condenados a una vida en solitario para el resto de nuestros días. La creencia romántica que subyace a todo esto y que nos está atando es «Si realmente le/la he amado, no puedo darme nunca más a otra persona». Por ejemplo, en El pájaro espino  un conocido libro y serie de televisión, el personaje principal  Maggie, dedica la mayor parte de su vida deseando a un sacerdote, emocional y físicamente inalcanzable para ella. Aunque la atracción que él siente hacia ella y su amor declarado añadan energía a sus pasiones, él no está dispuesto a ofrecer el amor desinteresado y comprometido que ella desea. Al verse estimulada una y otra vez con las visitas periódicas que él le hace, la protagonista desarrolla un intenso apego del que no es capaz o no quiere desembarazarse. Esta adicción dolorosa le proporciona mucha tristeza y aislamiento, exaltados con la idea romántica de que ella le ama sólo a él y, por lo tanto, jamás podría rendirse a otro hombre.

Si nos dejamos atrapar por un mito tan irresistible, podemos llegar a pensar que estamos traicionando a la persona si amamos a alguna otra, y eso aunque la pareja deseada esté muerta o no disponible por alguna otra razón. En realidad, al único al que estaríamos traicionando sería al mito dulzón que está controlando sin piedad nuestras vidas. Hasta que no re-evaluemos los insidiosos mitos con los que vivimos y los reemplacemos por formas más adecuadas de pensar y vivir, continuaremos siendo manipulados por ellos y eso nos garantizará una vida de frustraciones inútiles, aislamiento y angustias.

Tener sentimientos negativos significa que ya no estoy enamorado

Uno de los mitos románticos más destructivos es el que dice que si realmente amamos a alguien, no deberíamos de experi­mentar nunca sentimientos «negativos» respecto a esa persona. Los sentimientos «negativos», es decir, aquellos que la mayoría de nosotros hemos aprendido a evitar, como la ira, el dolor o el miedo, se ven como malos o amenazantes. Sentir o expresar estos sentimientos se interpreta como un indicador de que algo funciona muy mal en la relación, o que nuestro amor ya no es sincero. La persona respecto a la que tenemos estos sentimientos también puede interpretar nuestras evidentes emociones como una demostración de que nunca la hemos amado de verdad. Después de todo, de acuerdo con esta creencia, ¿cómo podemos sentirnos enfadados o tristes si estamos enamorados «de verdad»?

Este pensamiento de «blanco o negro», tan estrecho de miras, es una dura carga. Eliminar los sentimientos no deseados con el fin de salvaguardar lo que creemos que es verdadero amor -es decir, un amor no manchado por «bajas» emociones- es una tarea inútil y contraproducente. Cuando surjan estas emociones desagradables (como inevitablemente ocurre), concluiremos que esta persona no es la «adecuada» para nosotros. O, como resultado de años de reprimir las emociones no deseadas  el contacto interpersonal puede quedar tan desprovisto de verdadero sentimiento que el divorcio sea la única opción posible.

Si somos ingenuos respecto al funcionamiento de las emociones humanas y lo que realmente significan, no veremos otra alternativa más que evitar esos sentimientos. Esto puede acarrear consecuencias negativas para nuestro crecimiento personal  el alimento potencial de nuestra relación y hasta para nuestra salud física. Una mujer, por ejemplo, que se quejaba de dolores de cabeza y de estar permanentemente cansada, afirmó en el curso de la terapia: «estoy cansada de verme criticada por mi marido». Nunca se valía por sí misma y, paulatinamente, se fue dando cuenta de que sus síntomas físicos estaban relacionados con tragarse las críticas que él le hacía y luego cargar con ellas en su interior, sin dar una salida efectiva a sus frustraciones acorraladas. Cuando, más adelante, analizaba el asunto, se daba cuenta de que, realmente, estaba muy enfadada con sus críticas y su falta de apoyo. Pero, inmediatamente después de conectar con su ira, la emoción desaparecía rápidamente. Al preguntarle una vez qué es lo que estaba ocurriendo en su interior, respondió: «si me permitiera enfadarme, es como si traicionara a mi marido».

Como el enfado significaba para esta mujer una falta de fidelidad  en cuanto comenzaba a sentirlo lo descuidaba rápidamente  Como pensaba en categorías de «bueno-malo” y «verdadero falso”, tenía dificultades para mantener el criterio de que podía estar enfadada y seguir amando a su marido. Al observar sus creencias inconscientes sobre la ira y el amor, se dio cuenta de lo irreal que era creer que sentirse enfadada significaba que no amaba a su marido. Y como pudo comprobar, por primera vez los efectos perniciosos de esta creencia, pudo empezar a considerar la posibilidad de valorar sus sentimientos legítimos de ira sin la auto-culpabilización que los acompañaba.

Si equiparamos los sentimientos negativos a la ausencia de amor, gastamos una energía considerable en protegernos el uno al otro de enfrentarnos a sentimientos aparentemente traicioneros  Puede que neguemos la realidad, cambiemos de tema de conversación y hasta mintamos, con tal de hacer lo que consideramos es un favor a la otra persona -es decir, protegerle o de aquellos sentimientos que también a él o a ella le enseñaron a evitar. Por ejemplo, podemos sentirnos enfadados o dolidos porque nuestros deseos sexuales no son correspondidos por nuestra pareja. En vez de discutir el asunto, solamente pondremos al mal tiempo buena cara. En cualquier caso, la consecuen­cia a largo plazo de negar nuestros descontentos es que el flujo natural de sentimientos que hacen prosperar una relación, queda ahogado. No importa con cuánta determinación queramos sofocar nuestras verdaderas emociones, en algún momento saldrán a la luz o estallarán. Por ejemplo, podemos expresar nuestro enfado de forma pasiva, retrasándonos sistemática mente o comprando cosas con el dinero de nuestros ahorros. O podemos buscar una aventura para encontrar esa necesidad vital que no está siendo satisfecha en casa.

Los mitos románticos que nos hacen proteger a los demás de nuestros sentimientos desagradables nunca conducen a la felicidad que deseamos. Lo queramos o no, los sentimientos tienen vida propia. Simplemente, encontrarán salidas alternati­vas -que pueden hacer más daño porque muchas veces no somos conscientes de ellas. Además, la verdadera consecuencia de proteger a los demás de los sentimientos “negativos” es que les estamos aislando de los sentimientos en sí. La incapacidad o la falta de voluntad para mostrar los sentimientos dolorosos tiene el inevitable efecto de hacer disminuir también los senti­mientos positivos. En otras palabras, nuestra habilidad para acceder a todos los sentimientos en general se ve bloqueada. Por lo tanto, proteger a los demás de las dosis naturales de dolor o daño que acompañan a nuestras vidas, es privarles de disfrutar del placer y la felicidad que podrían surgir si optára­mos por valorar y tratar todos nuestros sentimientos.

En realidad, el amor no es un fenómeno alejado y remoto que existe separado de nuestra vida y de las emociones cotidia­nas. Más bien, se le encuentra en medio de nuestra vida coti­diana. Como veremos más adelante, emociones como la triste­za, el daño, la ira y los remordimientos pueden convertirse en un camino vital hacia un amor y una intimidad sentidos de forma más profunda y genuina.

Darnos cuenta de los efectos nocivos de los mitos románti­cos, tan atractivos y aparentemente inocentes, puede ser un antídoto calmante que empiece a liberarnos para afrontar la realidad de forma más directa y valiente. Aunque temamos que esto pueda traernos una vida falta de romanticismo, lo bueno es que la transición hacia una visión más realista de las relaciones, nos proporciona la base necesaria para que nazca una nueva dimensión de amor e intimidad. Cualidades que consideramos «románticas» -como el amor, la delicadeza, la excitación, el gozo y la admiración- pueden adoptar nuevas dimensiones de significado y ser deseadas de forma nueva, si sustituimos los mitos románticos por una perspectiva más realista que tenga en cuenta nuestras limitaciones humanas.

LA SALIDA

ABRIRNOS A LA EXPERIENCIA SENTIDA

La solución a muchos de nuestros malestares se encuentra en el re-descubrimiento de nuestra verdadera experiencia. La expresión que vamos a utilizar para describir esta dimensión básica del ser es «experiencia sentida». También podemos llamarla «experiencia organísmica», porque se trata de un proceso que realiza todo nuestro organismo. Este proceso está presente a lo largo de toda nuestra existencia. Siempre podemos acceder a ella, aunque no seamos conscientes de ello en todo momento.

La experiencia sentida significa darse cuenta de lo que esta­mos experimentando directamente en nuestro interior, sin la influencia mediadora de pensamientos, creencias, evaluaciones o análisis intelectuales. Incluye sentimientos, emociones y sensaciones que surgen de nuestro interior. Se pueden localizar porque nuestros cuerpos registran estos eventos internos. Aunque muchas veces no nos damos cuenta del constante fluir de estas experiencias, nuestro interior las puede sentir de forma muy concreta e inmediata. Por ejemplo, podemos sentir en nuestro cuerpo una tensión o agitación que significa miedo, una pesadez o presión que indica tristeza o una sensación de hormigueo o energía que expresa un sentimiento de alborozo. Es decir, todo nuestro organismo está continuamente en proce­so de experienciar; y podemos permitirnos sentir esto de forma muy sencilla y directa.

Podremos disfrutar de los acontecimientos agradables o impresionantes con mayor inmediatez, si contactamos con esta dimensión fundamental de la experiencia organísmica, apar­tándonos de la tendencia a interferir que tiene nuestra mente activa. Un ejemplo de esta forma de permanecer en contacto con nosotros mismos, es cuando estamos completamente absor­tos en la experiencia de una hermosa puesta de sol. Una impre­sionante puesta de sol capta inmediatamente nuestra atención. No necesitamos pensar en ello o analizar por qué estamos tan impresionados por algo tan bello y arrebatador simplemente, estamos.

Cuando nos encontramos completamente abiertos y cons­cientes ante la puesta de sol, aparte de las asociaciones mentales que hagamos, podemos notar un componente de nuestra expe­riencia que queda registrado en el cuerpo, como latidos acelera­dos del corazón, un profundo suspiro o una sensación de ligere­za que refleja una gran serenidad. Es muy difícil, si no imposi­ble, expresar con palabras una experiencia tan rica; podemos utilizar expresiones como «belleza» o «plenitud» o «sobrecogi­miento», para describir cómo nos sentimos en nuestro interior.

Las palabras nunca pueden transmitir del todo las experiencias que hemos sentido tan sutilmente; por ello, comunicar nuestra experiencia a otra persona resulta difícil.

Hay una línea muy fina entre ser consciente de la experien­cia sentida en un momento dado y volver a nuestro modo habi­tual de análisis racional o descripciones verbales que están desconectadas de nuestros sentimientos más inmediatos. Por ejemplo, en vez de permanecer simplemente con la sobrecogedora experiencia de la puesta de sol, comenzamos a compararla con otras puestas de sol o preocuparnos con pensamientos como «esta es una puesta de sol muy bonita» o «me gustaría que hubiera menos nubes en el cielo». Cuando entran pensamientos de este tipo, estamos abandonando, en parte, la rica experiencia que estamos teniendo en ese momento. Esta se oscurece, mien­tras sucumbimos ante nuestro acostumbrado funcionamiento mental, sujeto a su tendencia a comparar, evaluar o analizar. Estas capacidades de la mente, evidentemente, tienen su razón de ser; nos ayudan a sobrevivir en el mundo. Pero al identificar­nos superficialmente con ellas, nos alejamos del registro inme­diato que realiza el cuerpo de las experiencias esenciales.

Así, la experiencia sentida surge en relación a la proximidad de los acontecimientos diarios. Situaciones de trabajo, relacio­nes o temas de salud pueden provocar una oleada de impulsos agudos y urgentes a los que denominamos sentimientos o emociones. Estos pueden surgir en una variedad de tonos senti­dos, y ser expresados con palabras como excitación, terror, desesperación, entusiasmo, ira, humillación o aislamiento. O también podemos experimentar sentimientos más sosegados que Huyen suavemente dentro de nosotros y que simbolizamos con palabras que reflejan tonos del sentimiento menos intensos, como arrepentimiento, fastidio, incomodidad, inquietud, des­concierto, timidez o satisfacción.

Sentir una amplia gama de emociones y sentimientos funda­mentales nos conecta con una dimensión muy valiosa de la ex­periencia sentida.

La experiencia organísmica también conlleva una faceta que se podría denominar “significado”. Nuestros sentimientos más profundos muchas veces contienen un mensaje importante o un cierto tipo de sabiduría. Cuando se destapa, esta sabiduría con­tiene la esperanza de una vida más enriquecedora. Este signifi­cado o sabiduría se da en medio de los sentimientos y situacio­nes de la vida cotidiana. Al principio, solemos sentirnos inse­guros respecto a los mensajes que estos sentimientos y circuns­tancias tienen guardados para nosotros. Al ir aprendiendo a abrirnos de forma aceptante a la experiencia sentida, pueden comenzar a hablarnos con mayor claridad.

Por ejemplo, si sientes ligeras náuseas en tu estómago y te permites experienciar tranquilamente, dejando aparte los pensamientos que habitualmente tienes al respecto, el significa­do único que contiene, este sentimiento podrá empezar a emer­ger lentamente. El significado puede ser cualquier cosa, ya que surge de la extraordinaria complejidad que caracteriza nuestras vidas. Por ejemplo, puedes notar que estas náuseas tienen que ver con una inseguridad respecto a si tu interés en conocer más a fondo a una persona querida es recíproco. Esto puede evocarte la necesidad de tener un contacto amoroso y un temor a estar solo/a. O quizás esas náuseas reflejan el temor de que si mues­tras tu descontento a un amigo, éste te pueda rechazar. Puedes entonces darte cuenta de que temes el rechazo porque eso signi­ficaría que eres una persona indeseable o un fracasado. Si exploras más a fondo, de pronto puedes caer en la cuenta de que eres una persona valiosa, aunque aquella persona concreta no te aprecie del todo. O quizás te das cuenta de que necesitas estar solo/a, antes que ahogar tus verdaderos sentimientos y traicionar tu integridad con tal de mantener la aprobación de alguien.

El hecho de darnos cuenta de la experiencia sentida que antes habíamos despreciado, y comprobar los significados rela­cionados con ello, hace que nos encaminemos hacia un punto en el que nos sentiremos mejor. Nos sentimos aliviados porque ahora estamos comenzando a oír los mensajes que nuestros cuerpos, a su manera (de la mejor forma que ellos saben) nos intentan transmitir. Al captar estos significados nos sentiremos más profundamente conectados con nosotros mismos y con la dirección positiva que tomen nuestras vidas.

La experiencia de nuestras necesidades

Cuando mantenemos un contacto directo con la experiencia sentida, detectamos una cierta área de esta experiencia que podríamos llamar “necesidades” o, más exactamente, necesida­des sentidas, ya que así nos referimos a una dimensión sentida de la experiencia. A veces, las necesidades sentidas se reconocen porque hay una cierta urgencia inherente a ellas. El hambre, por ejemplo, es una experiencia muy definida que todo el mundo entiende. Podemos notar también experiencias corporales más sutiles, como un dolor vago en la boca del estó­mago o una sensación de pesadez por todo nuestro cuerpo. Si prestamos atención a estas sensaciones, en vez de alejarnos de ellas, sentiremos que una palabra como «soledad» puede ser la que mejor exprese lo que estamos experimentando. Si nos mantenemos conscientes con esa sensación, podremos notar como respuesta una necesidad de contacto profundo con otro ser humano -es decir, de experimentar la sensación de acepta­ción e intimidad. Valorar las diversas necesidades que surgen de nuestra experiencia sentida y aprender a satisfacer de la mejor forma posible todo el espectro de necesidades humanas que poseemos, es una parte crucial del arte de vivir.

Las necesidades sentidas contienen una especie de inteligen­cia que, si se comprende bien y se actúa sobre ella, nos puede llevar por una dirección que sentiremos que es la «correcta», «significativa» o «natural» -es decir, la realización de nuestro mayor potencial humano. Aprender a comprender el lenguaje por el que nuestras necesidades se hacen oír, es un paso preli­minar crucial para lograr satisfacerlas y, por lo tanto, la posibili­dad de fomentar nuestro crecimiento como seres humanos.

Sigmund Freud y sus seguidores se cuentan entre los prime­ros que se dieron cuenta de que nuestras necesidades básicas y nuestros impulsos son diferentes y entran muchas veces en conflicto con nuestros pensamientos y sistemas de creencias a los que estarnos más acostumbrados. Abraham Maslow, un pionero de la Psicología Humanista y, más tarde, de la Psicología Transpersonal, desarrolló más esta sencilla constatación, elabo­rando una jerarquía de necesidades humanas básicas que fue descubriendo a lo largo de veinte años de estudio de la persona­lidad.

Las necesidades más básicas, tal y como decía Maslow (1968), son las fisiológicas. Estas incluyen la necesidad de alimento, agua y sueño. El siguiente nivel de necesidades son las necesidades de seguridad, como por ejemplo, la necesidad de abrigo y de un entorno libre de amenazas físicas. La tercera categoría de necesidades se denominan necesidades de «pertenencia/‘. Estas incluyen la necesidad de aceptación -sentirnos seguros sabiendo que tenemos un lugar concreto en el mundo. A causa de esto, tendemos a desear el afecto humano y las rela­ciones estrechas de amor. La siguiente categoría que descubrió Maslow se compone de las necesidades de estima- la sensación de ser respetado por los demás y de tener una estima positiva hacia uno mismo.

El fracaso en experimentar la satisfacción de estas necesida­des básicas, explica los sucesivos malestares y conflictos que tenemos. Aquellas personas que aprenden a relacionarse profun­damente con sus necesidades, se vuelven personas felices y sanas. Los que son incapaces de ello, tienden a dejarse dominar por la inseguridad, la confusión, la ansiedad, la depresión o el aislamiento. Siguen siendo parte de la masa de personas que, en palabras de Henry David Thoreau, llevan vidas de «callada desesperación».

El hecho de sentir que nuestras necesidades básicas están satisfechas nos deja libres para perseguir aspiraciones más altas. El espíritu humano se esfuerza permanentemente en llegar más allá de sus limitaciones actuales, para satisfacer lo que Maslow denomina las «necesidades de crecimiento» o «necesidades de autorrealización». Estos deseos más profundos suponen una llamada a desarrollar todo nuestro potencial humano -los aspectos más sublimes de nuestro ser. Estos podrían ser el desa­rrollo de talentos creativos, de vocaciones significativas y, quizás y más importante, una conciencia cada vez más profunda de la capacidad humana que tenemos para disfrutar, sentir­nos bien y alcanzar una satisfacción interpersonal.

Al movernos hacia la satisfacción de nuestras necesidades básicas, y al acercarnos a las «extensiones más lejanas de la naturaleza humana», inspirándonos en cómo Maslow (1971) tituló su último libro, la calidad de nuestras vidas y de nuestras relaciones se transforma en positivo. Al crecer hacia un contac­to permanente y consistente con la experiencia sentida, y al encontrar necesidades que surgen de ella, entramos en una dimensión más rica del contacto íntimo con nosotros mismos, con otras personas y con la vida misma.

La intención de este libro es aportar una guía y apoyo para que las personas puedan aprender a entrar en la corriente de su propia experiencia personal, para moverse hacia un encuentro con sus necesidades básicas de amor y autoestima y, más allá de esto, hacia un encuentro con las necesidades de crecimiento que conducen a una autorrealización mayor todavía, así como a una satisfacción en nuestras relaciones. Nuestro deseo es que, al describir algunas situaciones que han observado otros a lo largo de su camino, se puedan reconocer en ellas hitos que puedan servir de guía y estímulo a nuestros lectores.

La base para emprender un viaje de estas características se forma cuando comenzamos a destapar nuestra experiencia senti­da, siempre disponible, pero muchas veces oculta. Sólo entonces es cuando podremos entrar en contacto con nuestras verdaderas necesidades y descubrir, a nuestra propia manera, cómo atender mejor al llamamiento que estas necesidades sentidas nos hacen. Si hacemos esto, el camino que nos lleva hacia la realización de las aspiraciones humanas más profundas y espirituales, se desplegará por sí solo.

Muchas veces, cuando nos encontramos desconectados de nuestras necesidades, buscamos sustitutivos, que sólo logran satisfacer en parte nuestras ansias más profundas. Por ejemplo, muchas personas se unen a grupos sociales o a organizaciones religiosas con el fin de hallar la necesidad que ansían. En cual­quiera de los casos, los anhelos subyacentes de afecto e intimi­dad más personales permanecerán ignorados e incumplidos. O puede que nos cuenten que nuestras ansias sólo reflejan algún deseo egoísta que debe de ser suprimido o pasado por alto. Está claro que intentar negar los deseos que sentimos, sólo provoca el deseo adicional de desembarazarnos de ellos. Esto confunde a nuestra infelicidad, porque pasamos por alto los sabios mensajes que nos transmiten nuestros anhelos más profundos. Si logramos enfrentarnos con valentía a nuestra experiencia más profunda, aunque el grupo en el que nos movamos o el que nos dirija no valore esta búsqueda más profunda del alma, se abrirá la puerta hacia una dimensión más rica de nuestro mundo interior.

La recompensa que obtenemos por perseguir logros acadé­micos, acumular riqueza o ser amenos y divertidos, es sólo un débil esbozo de la satisfacción que podríamos alcanzar si pudiéramos afrontar toda la fuerza de nuestras necesidades reales y eliminar obstáculos para satisfacerlas más directamen­te. Muchas veces, nos parece un descubrimiento sorprendente darnos cuenta de que el amor o la cercanía no dependen de los logros mundanos o de la popularidad social que hayamos alcanzado. La capacidad de ser nosotros mismos con sólo una persona puede llevarnos a una profundidad de contacto que es bastante más gratificante que ser ampliamente venerado por grandes audiencias que, realmente, no nos conocen. La búsque­da obsesiva de fama o poder es un sustituto vacío para la nece­sidad sencilla de intimidad y amor.

Darnos cuenta de esa falta de amor y de contacto íntimo con otras personas puede ser tan amenazante, que rápidamen­te buscaremos alivio en hábitos y adiciones que embotan la mente, como pueden ser el alcohol, comer en exceso, trabajar obsesivamente o ver la televisión. Lo que entonces se convier­te en principio operativo es: si soy incapaz o no estoy dispues­to a satisfacer mis necesidades, tengo que encontrar una forma fácil de borrar la experiencia de estos deseos que han quedado doloridos e insatisfechos. Reconocer la cualidad autodefensiva de nuestros esfuerzos por obtener aprobación, amor y contac­to, puede darnos poder para descubrir cómo satisfacer estas necesidades de forma más directa. Y al darnos cuenta de que las adiciones que nos embotan emocionalmente, nos están alejando de captar nuestras necesidades más profundas, nos podremos sentir más motivados a dejarlas. Cuando empece­mos a confiar en nosotros mismos para introducirnos en la corriente de nuestra experiencia organísmica, hallaremos la guía que necesitamos para renunciar a lo que no nos está ayudando y para movernos hacia un mayor desarrollo de todo nuestro potencial. Antes de hacer eso, sin embargo, el paso inicial de todo proceso de crecimiento consiste en afirmar el derecho básico a tener estas necesidades en un puesto prefe­rente, así como el derecho y la responsabilidad de aprender cómo satisfacerlas. La famosa afirmación de Rabbi Hillel lo expresa muy bien: «Si yo no estoy por mí, ¿quién estará por mí?» Aunque rápidamente nos apartemos de sentimientos que nos resultan amenazantes, nuestro organismo, en su lucha interminable por crecer de acuerdo a lo que le marca la natura­leza, intenta persistentemente manifestar sus verdaderas nece­sidades de crecimiento. Si somos igual de persistentes en hacer oídos sordos a estas necesidades organísmicas y esos senti­mientos, nuestros cuerpos se rebelarán finalmente, de la mane­ra en que están programados para rebelarse a través de la ansiedad, el estrés, ligeros síntomas físicos o hasta enfermeda­des. Es como si nuestros cuerpos dijeran: «si no me cuidas, no te puedo cuidar».

Una manera típica de manifestar este negarle el derecho a nuestros sentimientos, es sentirnos indignos de ser amados. Esta sensación paralizante se halla con frecuencia profunda­mente arraigada en el pasado. Si hemos experimentado frustraciones, abusos o críticas por no corresponder a las expectati­vas parentales o sociales, creeremos que hay algo en nosotros que funciona mal (aunque no se pueda definir). Al haber inte­riorizado los juicios de otras personas o haber creído, de peque­ños, que éramos la causa de las desavenencias o el divorcio de nuestros padres, podemos haber concluido erróneamente que, por alguna causa, no somos dignos de ser queridos. También podemos haber recibido el mensaje no verbal de que tenemos que esforzarnos mucho para merecer amor y adaptarnos a las expectativas de los demás. Al pensar que no éramos dignos de ser aceptados, podemos haber concluido que era mejor ocultar nuestras necesidades o eliminarlas del todo. De hecho, de pequeños, nuestra supervivencia puede haber sido marcada por este patrón de auto-protección.

Además de sentirnos no merecedores de amor, podemos ahogarnos a nosotros mismos con la creencia errónea de que desear amor es un signo de egoísmo, y, por lo tanto, debe de ser eliminado a favor de la noble virtud de ofrecer amor a los demás. Cuando se lleva hasta sus últimas consecuencia, esta rígida creencia crea una sociedad en la que todo el mundo está ocupado en intentar dar amor, pero nadie es capaz de recibirlo. El valor de ser amoroso carece casi de sentido si los demás no tienen la capacidad de recibirlo y de sentir el amor que se les ha dado libremente.

Muchas veces, las creencias culturales y religiosas nos instan a negar nuestras necesidades básicas o, para expresarlo de otra forma, a negar la totalidad de nuestro ser. Como resul­tado de esta auto-negación, podemos tener un «entumecimiento de nuestras necesidades», al perder el contacto con ellas y así, perder nuestras raíces emocionales en el mundo. Por supuesto, nuestras necesidades todavía existen, lo que explica que aque­llos que las niegan continúan atormentados con sensaciones vagas de descontento, autocríticas constantes, preocupaciones consideradas enfermizas o sueños perturbadores. Reafirmar el derecho básico a tener nuestras necesidades, aprender a afron­tarlas con habilidad sin convertirnos en esclavos emocionales de una persona en particular, es un paso vital y fortalecedor hacia un encuentro con nosotros mismos, para poder sentirnos más vivos y crecer como personas. Un ejemplo que viene al caso puede ilustrar esto.

Roberto llegó a terapia quejándose de no encontrarle senti­do a su trabajo y su vida. Tras unas pocas sesiones, reveló que no tenía ninguna relación profunda, pero que le gustaba eso porque estaba harto de ser dependiente. Explorando más pro­fundamente, se dio cuenta de que sus relaciones anteriores ha­bían terminado en frustración, con una mujer que le había criti­cado por ser demasiado insensible y otra, insatisfecha porque le veía demasiado necesitado y débil. Como se sentía confundido y dolido por estos mensajes contradictorios, decidió no acercar­se demasiado a nadie y en vez de esto, ocuparse de sí mismo. Sin embargo, este vago descontento demostraba el hecho de que no se estaba ocupando de su necesidad real de amor y comunicación.

Cuando comenzó a experimentar sus verdaderas necesida­des en el curso de la terapia, ya no pudo negar por más tiempo que deseaba una intimidad más profunda en su vida. Sin embargo, dar un paso hacia otra persona significaba tener voluntad para dejarse llevar y aceptar el riesgo de que podía sentirse heri­do si comenzaba a vivir más desde su experiencia sentida. El tema central de la terapia giró, pues, alrededor de aprender a estar más a gusto con la posibilidad siempre presente de ser herido (en vez de apuntalarse a sí mismo en contra de ello). También experimentó un alivio al reconocer que las reacciones de los demás hacia él solamente eran las reacciones de ellos, sobre las que no tenía ningún control y que no necesariamente signifi­caban que tenía que haber algo que funcionaba mal en él.

Las necesidades básicas son eternamente insistentes. Si se invalidan o se ignoran, nos quedamos con un continuo desaso­siego e insatisfacción o con una sensación vaga y desagradable de fondo, que refleja que hay algo triste y desplazado en nues­tras vidas. A base de escuchar la sabiduría que contienen estos sentimientos, aprenderemos a darnos cuenta de nuestras verda­deras necesidades, sin importar cualquier molestia, malestar o dolor que esto pueda conllevar al principio.

Cuando valoremos nuestra experiencia organísmica como un proceso progresivo que puede convertirse en amigo, apren­deremos a traducir sus múltiples mensajes (en forma de senti­mientos, emociones e intuiciones sentidas vagamente) a fin de acoger mejor nuestras verdaderas necesidades. Hacernos así amigos de nuestra experiencia puede ser facilitado por la voluntad valiente de permanecer vulnerables y presentes a sentimientos desconocidos y situaciones impredecibles.

EL PERMISO PARA SER VULNERABLE

 Puede ocurrir que, al mismo tiempo que reconocemos que la necesidad de cariño y contacto amoroso es algo universal, nos sintamos confusos al observar que nosotros y los demás lo mantenemos como un secreto guardado celosamente. Por desgracia, sigue prevaleciendo el hecho de que la mayoría de la gente se siente avergonzada o desconcertada cuando se da cuenta de sus necesidades de amor e intimidad. Esto se debe en gran parte a que la sociedad nos enseña que tener estas necesi­dades es un signo de «debilidad». Reconocer estas necesidades ante nosotros mismos o comunicarlas a los demás puede ser terrible, porque nos hace susceptibles de recibir rechazo o humillación. Esta situación es una posibilidad que siempre está presente, sobre todo porque, al contar nuestras necesidades, podemos intimidar a aquellos que están luchando por ignorar las suyas propias.

HACIA NUEVAS PERSPECTIVAS DEL COMPROMISO Y DE LA VIDA PAREJA

El concepto de compromiso es uno de los aspectos más sorprendentes de las relaciones íntimas. Queremos ofrecer un concepto nuevo del compromiso basado lo que entendemos que mejor apoya el desarrollo de una unión sentida profunda­mente. Nuestras notas están basadas en las observaciones de personas que se están desarrollando como seres humanos. Al abrirse éstos hacia la experiencia sentida, parecen sufrir un cambio importante en cuanto a la naturaleza y significado de sus compromisos. Hablando de forma general, este cambio implica una transición del «compromiso formal» hacia lo que llamaremos «compromiso proceso”.

Un compromiso formal es señal de un esquema convencio­nal aceptado y que se piensa que es necesario para alcanzar respetabilidad y felicidad. La sociedad fomenta tales compro­misos porque en tiempos anteriores eran necesarios para la protección, seguridad y el orden social. Sin embargo, estas estructuras ya no son necesarias para la supervivencia. En cuanto que asirse a las costumbres antiguas puede ofrecer cier­ta porción de seguridad del amor que realmente deseamos quizá nunca surja de la conformidad con tales convenciones.

Un «compromiso proceso» es un compromiso más flexible, si bien igualmente serio, referido al bienestar propio y ajeno. Refleja una dedicación consistente en incorporar factores que verdaderamente lleven al desarrollo personal, que es el que proporciona el fundamento para el amor y la intimidad. Un compromiso proceso también implica un desarrollo estable del sentimiento verdadero de atención y amor hacia los demás. Según nos vamos comprometiendo con un proceso de acercar­nos más hacia nosotros y los demás, podemos encontrarnos experimentando aquello que un compromiso formal «heroico» supuestamente garantizaba. Nos permitimos ahora mencionar algunos compromisos formales populares y después discutir cómo un compromiso proceso supone una forma más viable de disfrutar de una sensación duradera de amar y ser amados tal como deseamos.

Un compromiso formal común viene a ser la aceptación de amar para siempre a nuestra pareja. Sin embargo, tal asevera­ción es muy presuntuosa e irreal. El amor es un regalo delicado que sucede cuando las condiciones son favorables. No pode­mos decidir amar a otra persona por un acto de la voluntad o cierto esfuerzo galante. El amor y la intimidad se despiertan a su propio modo y tiempo. Aparecen cuando dos personas sien­ten suficiente confianza mutua y cuando las circunstancias inmediatas contribuyen a ello. Si bien podemos comprometernos a crear un clima interior y exterior en el que el amor y la cercanía se desarrollen, no podemos obligarnos a sentir cons­tantemente una conexión amorosa.

Otro compromiso que se premia socialmente es el de comprometerse a pasar toda la vida con una persona particular -el voto de matrimonio tradicional. Sin embargo, y una vez más, es muy cuestionable si es posible sostener semejante voto sin sacrificar nuestra integridad. Este voto supone que pode­mos predecir qué será lo mejor para nosotros en tiempos futu­ros. Además, tal conformidad fácilmente puede prestarse a una variedad de abusos que pueden tanto ensombrecer la llamada personal hacia una auto-realización como ahogar el desarrollo potencial del matrimonio.

El abuso extendido del voto de permanecer juntos «hasta que la muerte nos separe» viene a ser el peso continuado de tal compromiso formal y podemos olvidar fácilmente que uno de los propósitos centrales de una relación es alimentar tanto nuestro desarrollo personal como el desarrollo de nuestro amor mutuo. Haciendo un compromiso básico para una relación que dure toda la vida en vez de para apoyar las condiciones bajo las que el amor florece y se extiende hacia nuestros hijos y otras personas, insultamos al matrimonio en cuanto que descuida­mos su significado real. Asirnos al cónyuge como fin en si mismo o como estrategia para eliminar nuestro temor a lo desconocido, puede remediar la soledad y proporcionar una aparente seguridad, pero el precio que pagamos es una traición hacia la preciosa llamada de la realización de todo nuestro potencial.

Si nuestra inversión fundamental es mantener la perma­nencia del matrimonio, podemos tender a esconder sentimien­tos o evitar conflictos que percibimos como amenazas poten­ciales a la estabilidad matrimonial. Sin embargo, es vitalmente necesario explorar estos conflictos y resolverlos para que el amor matrimonial y la intimidad duren y se ahonden. Si nos protegemos a nosotros mismos y a ambos de sentimientos o preocupaciones a fin de persistir en la relación, la improbidad y represión mismas llevarán a la muerte del amor y de la intimi­dad sentidas. Forzados a la noción de que tenemos que perma­necer juntos o de que amar significa que estamos obligados a protegernos mutuamente de verdades perturbadoras, evitare­mos temas desagradables que puedan llevar a dificultades.

Frecuentemente se usa el contrato matrimonial para evitar el desarrollo, justificar el abuso o negar la responsabilidad de negligencias personales que «se suponía» que el matrimonio iba a aliviar.

Por otra parte, ofrecer un compromiso no explícito llevaría a la relación a tener un fundamento tambaleante sujeto a una disolución repentina al mínimo asomo de incomodidad emocio­nal o conflicto. Entonces ¿cómo encontrar un camino intermedio seguro que proporcione protección contra los abusos del compromiso al tiempo de ofrecer un fundamento que apoye el desarrollo continuo del amor y la intimidad?

Una vía útil puede emerger cuando empezamos a entender el compromiso con otra persona como algo que se despliega gradualmente. Para ello es útil comenzar con un compromiso basado en factores sobre los que tenemos cierto control.

 Los compromisos básicos para ser sinceros con uno mismo y con los demás

La sinceridad es un factor sobre el que tenemos un control considerable; en cualquier momento podemos elegir entre ocul­tar o revelar nuestros sentimientos, percepciones o significados actuales. La elección de ser sinceros requiere el compromiso a conocernos y apoyarnos a nosotros mismos más y más. Este compromiso crucial con nosotros mismos -a crecer como perso­nas- es el que alimenta las profundas raíces que pueden hacer florecer la confianza y el amor. La comprensión de nuestros verdaderos sentimientos, motivos y necesidades más la dispo­sición a comunicarlos tan congruentemente como nos sea posi­ble, es una expresión práctica, aunque muchas veces desatendi­da, de nuestro compromiso con el desarrollo de la relación.

Para expresar esto de otra forma, compromisos dignos de confianza con los demás deben ir mano a mano con un compro­miso con nuestro propio proceso de auto-realización. De hecho, estos dos aspectos del compromiso son inseparables. No pode­mos decir «sí» a otra persona a no ser que estemos suficiente­mente en contacto con nuestra propia interioridad. De otra manera, tenderemos a hacer compromisos formales desde un lugar dentro de nosotros donde mentalmente nos identificamos con imágenes seductoras y convicciones vacías, en vez de hacer compromisos genuinos que derivan de estar en contacto con nuestra experiencia sentida. Un compromiso real es un proceso continuado que debe ser renovado diariamente; no es una deci­sión «de una vez para siempre».

A medida que empiezas a abrirte hacia una dimensión más real y verdadera en cuanto a quién eres como persona, esto es, según vayas despertando a la profunda llamada de tu ser puedes darte cuenta, con cierta pena, de que las circunstancias actuales de tu vida no están apoyando tu marcha hacia el desa­rrollo. Hablando más específicamente, te puedes sentir frustra­do al descubrir que tu pareja actual no encaja en el rumbo de tu vida tal y como ves que se despliega ante ti. Reconocer tales diferencias puede ser una oportunidad para expandir el objeti­vo y la dirección de la relación, en el caso de existir un mutuo interés por hacerlo. Si se prescinde del intento mutuo de re-evaluar las premisas que afirman la relación, se puede pensar en la separación para así mantener un compromiso con el desa­rrollo propio.

Tener que escoger entre dejar a tu cónyuge o traicionar la llamada de llegar a ser más persona, es una decisión dolorosa. La separación puede llevar a una gran pena y a un remordi­miento, resultante de haber descentrado inocentemente a la otra persona, de haber sido ignorante respecto a las propias necesidades. Por otra parte, traicionarte a ti mismo, permane­ciendo en un matrimonio insatisfactorio, puede traer como resultado consecuencias incluso más dolorosas. Tu organismo quizá tienda a rebelarse emocional o físicamente si continúas viviendo en contra de tus verdaderas necesidades interiores.

Si te encuentras en una situación semejante, es importante que te sigas abriendo hacia tu experiencia sentida corporal, para descubrir cuál es la dirección apropiada. En el caso de que la separación sea la mejor entre ambas posibilidades difíciles, entonces y en tanto que incorporas nuevos aprendizajes de esta experiencia, tenderás menos a cometer un error similar en el futuro. Velar por ti mismo/a de modo comprensivo y clemente y emplear tiempo en desarrollarte internamente en vez de bucear demasiado rápido en nuevas relaciones, puede llevarte a decisiones más acertadas en relación a futuras implicaciones.

En cuanto que nos comprometemos a conocer y a revelar cómo nos sentimos, qué significan estos sentimientos para nosotros y qué necesitamos para desarrollarnos como personas invitamos a los demás a nuestro mundo, basado en la perspec­tiva realista de quién somos. Entonces los demás pueden esco­ger libremente entre estar o no con nosotros. El compromiso basado en una integridad en cuanto a revelar quién somos real­mente -incluso si esto llevara a que no nos quieran o a ser reprochados- ofrece la mejor posibilidad de encontrar a los demás igualmente comprometidos con su propio desarrollo. Cuando somos abiertos y sinceros con los demás, se da un tipo de selección natural que nos guía hacia aquellos que son capa­ces de hacer la clase de compromiso proceso que, en última instancia, lleva a un matrimonio rico y duradero,

Sin un compromiso primario con nosotros mismos, nues­tros recursos internos se secan pronto y tenemos muy poco que ofrecer a los demás. Esto da cuenta de los muchos matrimonios que se caracterizan por el aburrimiento, el estancamiento y el cinismo. Cuanto más crezcamos como persona, tanto mayor será nuestra capacidad para crear condiciones en las que el mor florece.

El compromiso de aceptar y entender el mundo de la otra persona

El compromiso de aceptar y entender los sentimientos y significados de otra persona viene a ser otra vía significativa de expresar nuestro compromiso. Así como es fácil creer que uno se preocupa por o ama a otra persona, es mucho más significativo poner en práctica estas buenas intenciones/ sobrepasándo­nos a nosotros mismos y entrando con sensibilidad en el mundo del otro. Expresar compromiso dando la bienvenida a los sentimientos de la otra persona y afirmando su derecho a tener estos sentimientos, incluso si nos amenazan, es una de las vías más efectivas de demostrar que amamos y nos preocupar­nos por alguien.

Una vez más, la capacidad de «estar» realmente para otra persona descansa sobre la habilidad de validar y apoyar el amplio abanico de nuestros propios sentimientos. Sin este compromiso fundamental con nosotros mismos, no tendríamos la capacidad de registrar las experiencias internas que son pre-requisito para apreciar y entender verdaderamente las cualida­des sutiles del mundo interno de la otra persona. Además, a no ser que nos sintamos profundamente cómodos con nuestros propios sentimientos, no es probable que atendamos a los senti­mientos y necesidades del otro con suficiente empatía.

Cuando nos damos cuenta de los significados importantes que están ocultos en nuestros propios sentimientos, podemos atinar más fácilmente en cuanto a la variedad de significados inherentes a la experiencia sentida de la otra persona. A los demás siempre les sienta bien que se hayan entendido sus significados porque demuestra nuestro verdadero interés por lo que está pasando en sus mundos. La otra persona se siente apoyada y validada cuando experimenta nuestra atención afir­mativa y no crítica -nuestro interés verdadero por quién es.

Un ejemplo puede clarificar el fomento de intimidad que produce aceptar y entender los sentimientos ajenos. Joe, que llevaba un año con Kathleen, empezó a sentirse enfadado y dolido como reacción al imprevisible mal humor de ésta. Preocupado por la relación, quiso saber qué le pasaba realmen­te a Kathleen. Ayudarla a hacer Focusing le daba miedo porque pensaba que eso llevaría a un final de la relación. Aún así y con la ayuda de Joe, Kathleen comenzó a reconocer que su irritación tenía que ver con la demanda de Joe a que pasara más tiempo con él. También notó un sentimiento de debilidad relacionado con no emplear el tiempo que necesitaba para dedicarse a asun­tos propios y relajarse. Más aún, experimentaba esto como un fallo de su integridad -una falta de valor para pedir lo que realmente quería. Después se dio cuenta de que su irritación tenía poco que ver con Joe, sino que encubría un temor más profundo de perder a Joe si pedía lo que quería. Se sintió alivia­da al saber cómo se sentía realmente, qué significaba esto para ella y qué necesitaba. Como resultado de procesar los proble­mas de forma cuidadosa, Joe se sintió más cercano a Kathleen. Y, sintiéndose comprendida, Kathleen sintió una sensación mayor de confianza e intimidad con Joe.

Parece que el esfuerzo por entenderse mutuamente es un paso obvio y simple en las parejas en las que uno se preocupa por el otro. Sin embargo, la realidad es otra. A menudo estamos preocupados por nuestro propios miedos, conflictos y necesi­dades insatisfechas olvidándonos del mundo de nuestra pareja. Es particularmente difícil escuchar y empatizar con las expe­riencias de otro cuando sus sentimientos amenazan nuestras necesidades inmediatas. Por ejemplo, si ella necesita estar sola y él necesita contacto, ¿cómo puede él o ella expresar de mejor modo su compromiso con la relación en ese momento? O si él se siente dolido o enfadado porque desea más contacto sexual y ella está dolida porque parece que para él el sexo es más importante que el contacto emocional que ella necesita, ¿quién será el primero que deje de lado sus sentimientos y necesidades personales a fin de responder al otro?

Un problema que se repite en todas las relaciones es cómo resolver la situación compleja de equilibrar nuestro propio deseo inmediato con la necesidad del otro de comprensión y apoyo. El consejo popular del compromiso raramente funciona porque normalmente lleva a aislar nuestros propios sentimientos o a negarlos, como una tortura que a la larga crea resentimientos y conflictos mayores. El compromiso con el bienestar del otro tiene que ir a la par que el compromiso con el propio bienestar.

Se requiere una gran cantidad de auto-conciencia y auto-afirmación para captar nuestras propias frustraciones o senti­mientos dolorosos mientras la otra persona puede estar experi­mentando una necesidad más fuerte y urgente de ser escucha­da. En tales casos, nuestra atención, expresado como sensibili­dad hacia el dolor presente en la otra persona, puede animar­nos a dejar de lado nuestro propio dolor o nuestra preocupa­ción no resuelta, es decir, estar con este sentimiento propio internamente. Como nuestra habilidad para estar presente para el/ella otro/a se integra más y más en la capacidad de apoyar y amarnos a nosotros mismos, podemos llegar a ser más capaces de «dejar de lado» temporalmente nuestros propios problemas. Estando más enteramente con nosotros mismos podemos ser capaces de estar más atentos a los sentimientos de la otra perso­na, no por obligación, sacrificio o deseo de obtener algo a cambio, sino como expresión espontánea de nuestra preocupa­ción por el bienestar del otro.

El compromiso de respetar los sentimientos y necesidades de la otra persona no significa que siempre seamos capaces de responder a esta demanda. Esperar esto de nosotros mismos reflejaría el trabajo de una severa crítica interior. Y al revés, esperar de la otra persona que responda siempre a nuestras necesidades niega injustamente sus limitaciones humanas. Habrá momentos particulares durante los cuales el peso de nuestros propios miedos, presiones o necesidades insatisfechas dificulten aceptar o habérselas con los sentimientos de la otra persona. Si podemos aceptar esta incapacidad temporal para extender nuestra generosidad hacia los otros, y simplemente estar con nuestros propios sentimientos de forma atenta, esta incapacidad tenderá a pasar.

Una relación tanto nueva como vieja puede ponerse en peli­gro si una o ambas partes experimentan un peso de sentimien­tos no aceptados o malentendidos durante un periodo de tiem­po continuado. En tal caso, a menudo es útil comunicar las difi­cultades o descontentos a la otra persona o encontrar una terce­ra persona cuya asistencia pueda llevar a una solución.

El proceso de estar en relación

A medida que incorporamos un compromiso con un estilo de vida consistente en valores de auto-afirmación, comunica­ción auto-reveladora, sinceridad, aceptación y comprensión, nuestra propia manera de estar en el mundo nos sitúa en una posición en la que la confianza, el amor y la intimidad proba­blemente se desarrollen junto a aquellos que estén comprometi­dos con valores similares. En vez de una estrecha búsqueda enfocada hacia «el compañero del alma» o «el único» del que se espera que provea un mantenimiento eterno, un compromiso proceso nos llama a ofrecer cierta calidad de integridad y presencia en todas nuestras relaciones. Como resultado, damos la oportunidad de que florezcan las amistades significativas en una tierra fértil creada por dos personas comprometidas de forma parecida con su propio desarrollo.

Ampliando nuestro campo de intereses para incluir huma­nidad en general, nuestro compromiso se convierte simplemen­te en «estar en relación» con aquellos con los que nos encontra­mos todos los días. «Estar en relación» implica que estamos primero en contacto con nuestra propia experiencia sentida corporal y desde ese lugar interno disfrutamos de cualquier grado de contacto que emerja espontáneamente con quien quie­ra que nos encontremos. Consecuentemente, y ya que el centro de nuestro ser se deleita en conexión con el centro del ser de otra persona, es posible que surja un «encuentro real» ocasional. Si tenemos la suerte de dar con alguien de forma tan profunda en el primer encuentro, posiblemente esta otra persona sea capaz de compartir su ser directa y abiertamente. Junto a ello, se da la posibilidad de que nos topemos con otros con los que sentimos una sensación de excitación o satisfacción lo cual contiene la promesa de que este encuentro se convierta en un contacto más profundo. Abriéndonos al proceso natural de relacionarnos con los demás de forma sensible, al tiempo de estar en contacto con nosotros mismos, puede convertirse en una base fiable para comprender si nos sentimos dispuestos a familiarizarnos más con las personas con las que nos encontramos día a día.

Tras la iniciación del contacto entramos en un proceso de «compromiso». Si el contacto inicial fue reforzando o despertó interés, elegimos si comprometernos a una mayor familiarización con esta persona. En esta etapa disfrutamos compartiendo acerca de nosotros y haciendo cosas juntos. Es aquí cuando la mayoría de las relaciones se estabilizan -o acaban- sobre todo por la falta de conocimiento y de las habilidades necesarias para profundizar en una amistad potencialmente rica.

La capacidad de abrirse a experiencias sentidas y a comuni­carse de modo auto-revelador puede acelerar mucho el desa­rrollo de relaciones ricas. Por ejemplo, Steve se dio cuenta de que le gustaba Susan tras unos encuentros ocasionales en fies­tas. Se sentía tímido y notaba un temblor en su estómago siem­pre que pensaba en acercarse a ella. Sus conductas anteriores habían sido de tratar de impresionar a las mujeres con sus cono­cimientos o con ideas sofisticadas aprendidas en los muchos cursos de crecimiento personal a los que había asistido. Esta vez, en lugar de intentar manipularla para gustarle, permane­ció con su experiencia sentida y se arriesgó a decirle de modo muy directo que le gustaba y que le gustaría volver a verla. Al darse cuenta de que su vulnerabilidad estaba siendo sentida con autenticidad, ella le dio la agradable sorpresa de decirle que él también le gustaba y que estaría encantada de volver a quedar. A través de tan sincero intercambio, estas dos personas empezaron a alcanzar un nivel de intimidad que en pasadas ocasiones, sólo lo habían conseguido tras muchos meses.

Cuando nuestros esfuerzos por comprometer a otro desde el centro de nuestra experiencia sentida son recíprocos con su respuesta auténtica, se crea una conexión poderosa entre dos personas. La experiencia de amor e intimidad puede intensifi­carse de manera rápida e inesperada si ambos se comprometen con las mismas reglas básicas de estar abiertos a la experiencia sentida y de compartir sinceramente su experiencia, de modo no pretencioso. A medida que va creciendo la confianza a través de esta reciprocidad compartida, nos sentimos más seguros para arriesgarnos más a revelar quién somos realmente, nuestras más profundas esperanzas, miedos, dolores y deseos así como nuestra visión del futuro y lo que es verdaderamente importan­te para nosotros. Nos sentimos más íntimamente conectados y, quizás, notaremos las vibraciones de un amor auténtico que se deriva de mirarnos claramente uno al otro según el grado de aceptación, comprensión y reciprocidad de la auto-revelación.

Es probable que a lo largo del nacimiento de una amistad o de una pareja, surjan una serie de bloqueos, temores e inquie­tudes que son resultado de acuerdos rotos y malentendidos. Es mucho más sensato conocer y explorar las diferencias, conflic­tos o consideraciones tan pronto como las notemos en vez de posponer el tratarlas. En lugar de permitir que tales conceptos nos dividan mientras invertimos gran cantidad de nuestro tiempo y energía en la relación, podemos asumir la responsabi­lidad de confrontarlos y trabajar para su solución en interés del fortalecimiento de la relación. Pero también podemos reconocer que no queremos o no es posible una relación más profunda con determinada persona.

Si todos los sistemas dicen «ve» hacia una relación flore­ciente, la confianza puede crecer hasta un punto en el que nos sentimos muy seguros para poder ser nosotros mismos. A medida que va creciendo la confianza sentida, también crece el amor y la intimidad así como el proceso de conocerse mutua­mente de un modo incluso más profundamente sentido. Siguiendo esta trayectoria podemos vernos gratificados con el descubrimiento de una persona con la que nos sentimos rica­mente conectados, un verdadero amigo.

El nacimiento de una pareja

A medida que se desarrollan estas amistades nos podemos dar cuenta de que hay algo en una persona particular que nos invita a tocar un amor sentido más profundo y una presencia placentera en nosotros mismos. Además podemos encontrar­nos despertando hacia nuevas percepciones y armonías. A través de un proceso que puede ser descrito con la palabra “misterioso”, la presencia de esta otra persona de alguna mane­ra ayuda a crear el contexto adecuado para que emerjan nues­tros aspectos más agradables y se incorporen cada vez más a nuestras vidas.

Vivir esta sensación extraordinaria de contacto con otra persona lleva a un mayor entusiasmo por estar vivos, además de sentir una conexión más placentera con la vida a nuestro alrededor. «Estar enamorado/a» de otra persona desde esta base fértil en nosotros mismos (en oposición a «enamorarse» de una persona que ha activado nuestras imágenes románticas de la pareja ideal) está intrínsecamente conectado a la sensación de estar enamorado/a de la vida misma, apreciando su belleza y sintiendo amor y ternura por los demás seres vivos con los que compartimos este mundo. Además podemos sentir más confianza en el largo proceso de vida imprevisible del que somos parte integrante, y más armonía con el entorno que nos rodea. Este y otros signos indican que ha ocurrido algo especial. Una clase especial de amor y unión se ha formado y sentido intensamente, en parte descubierta y en parte creada por nues­tros esfuerzos de desarrollarnos como personas.

Cuando reconocemos el nacimiento de una unión que de modo fiable se basa en las profundidades de nuestra experien­cia organísmica, es muy improbable que le demos la espalda a tan rica fuente de sustento, nutrida cuidadosamente a lo largo del tiempo. Al descubrir que estar juntos ha ido progresando hasta un punto en el que nos sentimos casados -unidos como uno sobre la base del ser- no es probable que abandonemos a nuestra querida pareja. Sin embargo, no permanecemos juntos por obligación, es un lazo más fuerte el que nos une. El lugar delicado del que surge la unión matrimonial nos abre hacia un vínculo precioso, una profundidad de conexión que es sagrada y duradera.

Experienciar un compromiso que se deriva de un amor y un cuidado sentidos, es mucho más fuerte que un compromiso formal forzado por un sentido del deber. El segundo es más quebradizo porque es una imposición inflexible de nuestra voluntad o convicción mental. El primero, aunque aparente­mente más frágil o tenue es más fiable, porque se desarrolla de modo organísmico sobre una base fértil del ser. Un compromi­so con el desarrollo y bienestar de la otra persona basado en una sensación sentida de amor y cuidado que deriva del contacto íntimo con su mundo de sentimientos y significados, es el compromiso más responsable y fiable que humanamente podemos hacer o esperar que otra persona ofrezca.

El matrimonio, en su sentido más verdadero, es algo que nace entre dos personas; es una concepción gozosa. A un profundo nivel de amor e intimidad estamos casados o no. Y sólo las profundidades de nuestros propios corazones, mentes y experiencia sentida corporal pueden discernir si estamos casados o no de este modo organísmico. Más profunda que la atracción sexual, aún incluyéndola, está, por encima de todo, una experiencia de unión -de ser enteramente percibido y entendido. Este fenómeno llamado “matrimonio» emerge a medida que nos acercamos hacia una experiencia de amor e intimidad progresivamente profunda al tiempo que mantene­mos una base de autonomía y desarrollo personal continuado.

Si bien no podemos ejercer un control directo sobre la formación de un matrimonio, poseemos la habilidad de consen­tir el proceso por el que crecemos hacia la posibilidad de que se realice. Si subestimamos esta habilidad nos privamos de un poder que poseemos, igual que la sobreestimación llevaría hacia una convicción egoísta de que podemos crear directa­mente cualquier realidad que queramos (omnipotencia narcisista). Sin embargo, podemos afirmar la experiencia de cone­xión que sentimos con otra persona durante el proceso de cono­cimiento y nutrir las condiciones con las que el desarrollo de la confianza apoya una amistad recompensada o una unión cada vez más profunda. También tenemos el poder y la capacidad de discernir si una atracción sexual inicial o si la afinidad «quími­ca» tiene suficiente fundamento como para establecer una base fiable para el desarrollo de una relación. A veces los matrimo­nios formados lentamente son más estables, ya que la intimidad se desarrolla basada sobre una historia de sentimientos compartidos y sobre una capacidad comprobada de trabajar los conflictos.

La experiencia de sentirse conectado de la manera que nosotros llamamos «matrimonio» puede mostrarse como una revelación súbita o emerger gradualmente como realidad reco­nocida mutuamente. En cualquiera de los casos, nuestra ilusión no se encuentra por algo que vamos a hacer («casarnos») sino por el hecho de que el matrimonio ya ha ocurrido. Entonces una ceremonia formal puede celebrar el hecho. Un triste malen­tendido que lleva a una gran decepción a menudo resulta de la expectativa de que una ceremonia matrimonial oficial de algu­na manera presagia un nuevo nivel de amor o intimidad. Mientras que a una corta luna de miel de un periodo de unos meses o años puede seguirle el matrimonio formal, la tristeza o el arrepentimiento pueden surgir una vez que se haya descubierto que la ceremonia tradicional, aunque gratifique imáge­nes románticas cargadas emocionalmente de lo que el matri­monio significa, no tuvo un efecto mágico en cuanto a transfor­mar la experiencia sentida actual la confianza o de sentirse más íntimamente conectado/a, amado/a o entendido/a.

La transición de la idea, basada en una imagen y condicio­nada socialmente, de lo que significa estar casado/a, hacia la experiencia sentida de lo que realmente son amor, intimidad y matrimonio, puede al principio aturdir y ser difícil. Pero disfru­taremos de ricas recompensas si confiamos tanto en nosotros mismos como para acercarnos hacia un matrimonio basado en una idea experimental.

El compromiso de llegar hasta el fondo de las cosas

 Nuestra necesidad de seguridad y estabilidad en un matri­monio auténtico deriva de confiar en que la otra persona no quiere hacernos daño y, de hecho, quiere lo mejor para noso­tros. Ya que el abandono causaría un intenso dolor, esta posibi­lidad no es probable cuando el vínculo de amor y empatía ha crecido firmemente. La sensación de seguridad se basa enton­ces en nuestra confianza en el poder de nuestro compromiso con el bienestar mutuo que nos motiva a atravesar cualquier conflicto o amenaza que emerja en la relación.

Habiendo experimentado un vínculo matrimonial del tipo que hemos descrito, nos sentiremos inclinados a respetar esta conexión incluso aunque no sea sentida de manera continuada. Entonces nuestro compromiso se convierte en uno que se enfrenta y explora de modo sincero los conflictos que periódi­camente oscurecen nuestra experiencia sentida de amor y contacto. Reconocer estos obstáculos según van surgiendo ofre­ce la ocasión de explorarlos y solucionarlos aprendiendo más sobre nosotros mismos y re-descubriendo el amor mutuo.  Sería ingenuo imaginar que una vez que la relación haya madurado hasta el punto de sentir un vínculo matrimonial, viviremos en un estado de felicidad despreocupada para el resto de nuestros días, inmunes a los problemas vitales que una vez nos afligieron. Permanece el hecho de que en el mundo en que vivimos continuamos tropezando de diversas maneras. Seguimos necesitando ganarnos la vida y relacionarnos con personas difíciles. Podemos seguir cargando con heridas no resueltas del pasado. Nuestra autoestima quizá necesite crecer. Personas a las que nos sentimos cercanos enferman y se mueren. Encaramos experiencias imprevisibles compartidas por todos los seres humanos: la perspectiva de dolor, la enfermedad y la posible muerte.

Éstas y otras circunstancias tensas plantean amenazas y retos al matrimonio. La amenaza es que uno o ambos pueden salirse del carril y ser distraídos por otros asuntos de tal mane­ra que la experiencia del delicado y sutil ámbito de la unión se oscurezca. Desconociendo la fuente real de nuestro desconten­to podemos caer en el trágico error de suponer que la causa del problema se encuentra en nuestra pareja. La decisión prematu­ra de creer conocer el origen de nuestro descontento puede inci­tarnos a abandonar el matrimonio precipitadamente. Semejante abandono abrupto constituye una de las experiencias más dolorosas de la vida: la traición. Esta traición refleja la anulación o el rechazo del vínculo forjado profundamente y que, por algu­na razón, se ha roto.

Incluso en el mejor de los tiempos, la experiencia de la unión amorosa está expuesta a la marea. La tendencia hacia la estabilización de una experiencia cumbre de contacto amoroso puede ocurrir gradualmente, pero sería injusto culparnos a nosotros o a los demás de una disminución periódica del inte­rés sexual o de la conexión emocional. Asimismo, el deseo de pasar tiempo a solas o de buscar la compañía de otros puede enriquecer el matrimonio. El aburrimiento o estancamiento ocasional en las relaciones a veces es signo de que debemos ampliar nuestra base de amistades así como el amor hacia los demás. Incluso el mejor matrimonio no puede cubrir todas nuestras necesidades de crecimiento.

Aunque podamos vernos agraciados con los placeres de un buen matrimonio, nuestra vida individual continúa -si bien con mayor intimidad, inspiración y apoyo. Es importante que siga­mos estando solos, tenemos que vivir nuestra propia vida. Reticentes a encarar las demandas de seguir siendo un indivi­duo propio, muchos matrimonios acaban tristemente porque la así llamada «magia» parece desaparecer repentinamente. En realidad, nuestras infladas expectativas y la dependencia irreal de la otra persona en cuanto a nuestro bienestar, salen a la luz dolorosamente.

La otra persona no puede rescatarnos de nuestra soledad. El matrimonio no es una red -perdernos en el otro al perder contacto con nuestros propios sentimientos, necesidades e inclinaciones. La aversión a reconocer nuestra soledad básica en el mundo es un factor principal que contribuye a que los matri­monios sean conflictivos o fallen. La capacidad de estar solos -el vigilante interno según nos vamos desarrollando hacia una individualidad autónoma- provee la base necesaria desde la cual un matrimonio duradero puede florecer.

Reconociendo claramente que la naturaleza de un vínculo matrimonial está sujeto a cumbres dichosas y valles sombríos, estaremos mejor preparados para tratar con estos cambios inevitables si mantenemos un compromiso con el proceso de ir al fondo de los conflictos o las diferencias que surjan. Reconocerlos, explorarlos y comunicarlos eficazmente de la manera señalada en este libro, puede volver a conectarnos efec­tivamente con la riqueza matrimonial que se ha nublado temporalmente.

Un proceso de aproximación al matrimonio mantiene la confianza básica en la profundidad y «rectitud» del matrimonio (suponiendo que se desenvuelva de la manera experimental que hemos descrito). A medida que encaramos las dificultades juntos, emerge una relación llena de confianza en el caso de que, una vez más, siga existiendo nuestra conexión subyacente.

 

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Autor: ANTONIO BRIONES PSICÓLOGO LA SERENA

Hola, Soy Antonio Briones Psicoterapeuta Experiencial (Coordinador del Focusing Institute para Chile), y Consultor Organizacional de profesión psicólogo. Me he especializado en el desarrollo de estrategias y programas para ayudar a las organizaciones y personas a manejar el estrés y la ansiedad. Ayudando a organizaciones y personas naturales a restablecer su equilibrio mente-cuerpo para alcanzar su bienestar. Para esto implemento programas basados en diferentes recursos de psicología experiencial, las neurociencias y otras fuentes diversas que he aprendido en mi carrera. Cuando una organización aprende a manejar sus niveles de estrés se resuelven mejor sus conflictos, las personas se vuelven más productivas, se mejora su clima, disminuyen la tasa de absentismo y la deserción y lo más importante, las personas que trabajan ahí se sienten más felices. Después de trabajar 20 años de forma profesional en diferentes ámbitos, sé cómo conseguir que las personas logren mejores estándares de vida respecto al estrés y la ansiedad. Suscríbete a este blog y te seguiré entregando estrategias y tips para poder lidiar con el estrés y la ansiedad. O consúlteme por lo programas de tratamiento.

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