Ella que ama: El viaje de la entrega del amor de mujer en cuatro estaciones

I. La niña que ama con los ojos

Hay una edad en que el amor no tiene nombre, pero sí forma.
Una forma blanda, tibia, que se amolda al cuerpo como el primer peluche que no se suelta ni para dormir.

La niña no sabe todavía de reglas, ni de mandatos, ni de qué significa querer demasiado.
Ella ama con la mirada. Ama sin pensarlo, sin defensas.
Ama cuando sus ojos se abren grandes como lunas y encuentra una figura —una madre, un padre, un hermano, un gato— que habita su pequeño mundo como una estrella habita el cielo: Dándolo todo, sin pedirlo.

El amor, para ella, no es un concepto.
Es una experiencia de presencia.
Un estar con.
Un reflejo en los ojos del otro.
Una certeza de que “yo existo porque tú me ves y al verme, me haces real”.

En esta etapa el ser crece mejor cuando es recibido sin juicio.
Y eso es precisamente lo que anhela la niña: ser recibida.

No hay cálculo.
No hay entrega para obtener.
Solo entrega como impulso vital. Como los girasoles que giran hacia la luz, la niña gira hacia el afecto, hacia la mirada que aprueba, hacia la risa compartida.
Y cuando no lo encuentra, algo en ella se rompe sutilmente, como un cristal que acumula grietas invisibles.

Esa niña, cuando es negada, aprende por primera vez el miedo de no ser amada.
Y en ese miedo, la entrega comienza a teñirse de algo más complejo: La duda.

En ella ya se despierta el arquetipo de la niña divina, aquella que aún no ha sido fragmentada por la cultura, pero que comienza a recibir los primeros ecos del mundo. Y ese mundo no siempre la entiende.

En el fondo de su corazón, ella sigue amando.
Pero ahora guarda pedacitos de sí, por si acaso.
Por si mañana no la miran igual.
Por si su llanto molesta.
Por si su risa es “demasiado”.

El cuerpo lo sabe con una claridad radical: el cuerpo siente antes que las palabras.
Y en la niña, el amor vive en el cuerpo.
Vive en las manos que quieren tocar.
En los pies que corren a abrazar.
En el pecho que se aprieta cuando no entienden su ternura.
Vive en ese “algo” que no sabe nombrar pero que aprieta la garganta cuando la mandan a callar.

Ese cuerpo, su cuerpo-sentido, guarda la semilla del amor que será. Y así, la niña crece.

II. La adolescente que ama con fuego

Si la niña ama con la mirada, la adolescente ama con el incendio.

La adolescencia no pide permiso.
No golpea antes de entrar.
Irrumpe.
Revienta.
Desordena.
Y con ella, el amor se vuelve huracán. Se vuelve tormenta de sangre y deseo, de dudas y urgencias.

El cuerpo cambia y con él, el amor se vuelve carne.
Ya no basta con mirar.
Hay que tocar.
Hay que ser tocada.
Hay que ser elegida.

Pero en esa elección, algo se juega.
Algo vital.
Algo peligroso.

Porque la adolescente, ama con todo, pero aún no sabe quién es.
Y cuando no se sabe quién se es, la entrega puede volverse una forma de huida, de búsqueda ciega.
Puede volverse una súplica disfrazada de pasión.
Puede volverse un grito que dice: “Ámame, y entonces sabré que valgo.”

La adolescente descubre dentro de sí no solo el deseo, sino también el miedo, la rivalidad, la necesidad de ser única, deseada, especial, amada de una manera irrepetible.
Es la época del espejo: donde cada palabra duele, cada rechazo arde, cada no parece un abismo.

El peligro del alma

Aquí el amor se vuelve una espada de doble filo.
Y muchas se entregan no por amor, sino por temor al vacío.
Porque el vacío, a esta edad, parece la muerte.
Y el amor —o lo que se cree amor— parece la única salvación.

“Siente eso. No lo pienses. Siente ese nudo en el estómago. Esa apretura en el pecho. Nómbralo desde ahí. Desde donde duele.”

Y si lo hiciera, si la adolescente se atreviera a sentir, descubriría que detrás del deseo está el anhelo de ser.
No solo de estar con alguien.
Sino de ser alguien.

Muchas veces se entrega porque quiere ser vista, valorada, deseada.
Pero al hacerlo sin aún saber su propio nombre, sin conocer el borde de su alma, corre el riesgo de perderse en el otro.

No es culpa suya.
Nadie le enseñó que el amor no se mendiga.
Que la entrega debe nacer de la abundancia, no de la carencia.

Pero también en este fuego hay poder.
Hay fuerza.
Hay creación.

Porque amar en la adolescencia es una prueba.
Es un rito.
Es un laberinto.
Y toda mujer que lo transita sin perder el hilo de su propia voz, emerge más fuerte.
Más suya.
Más viva.

III. La mujer que ama desde su centro

Ya no hay urgencia.
Ya no hay súplica.

La mujer, si ha atravesado sus sombras, si ha recogido sus pedazos y se ha sentado con ellos en silencio, ha aprendido una verdad:
El amor no se da para ser reconocida.
El amor es porque ella es.

Porque esta es la etapa de la autorrealización, del florecimiento genuino, donde la persona se acepta a sí misma tal cual es… y desde ahí, puede amar sin poseer.

No significa que ya no duela.
El amor duele.
Pero ya no desgarra como antes.
Porque la mujer ha aprendido a nombrar sus límites.
Ha aprendido a quedarse consigo misma.
Y por eso, su entrega no es sometimiento, sino elección.

Aquí podemos ver la integración de los arquetipos femeninos:
La Amante que goza de su deseo sin culpa.
La Sabia que escucha su intuición.
La Guerrera que pone límites.
La Curandera que transforma el dolor en sabiduría.

El amor, entonces, se vuelve danza.
No más un sacrificio.
No más una renuncia.
Sino un encuentro de dos almas enteras.

La mujer sabe que puede estar sola y estar bien.
Y por eso, cuando elige amar, lo hace con toda su presencia.

La entrega consciente

“¿Dónde lo sientes en el cuerpo?”

Y ella podría decir:
“En el pecho. Pero no como antes. Es una expansión. Como si respirara con más profundidad. Como si mi centro se hiciera grande.”

Amar ya no es un acto desesperado.
Es una ceremonia íntima.
Un sí pronunciado desde el fondo del alma.

Ella sabe cuidar.
Pero también sabe decir: “Yo también necesito.”
Ella da, pero no se vacía.
Ella cuida, pero no se anula.

En esta etapa, el amor se parece al agua:
Firme, suave, fluida, clara.

Y sin embargo… hay más.

IV. La madre que ama con el cuerpo entero

Hay un momento en la vida de muchas mujeres —aunque no todas— donde el amor se encarna. Y lo hace literalmente.

El cuerpo se abre.
Se ensancha.
Se transforma.
Y del cuerpo nace otro cuerpo.
Otro ser.

La maternidad es la forma más arquetípica de la entrega.
No solo por la gestación biológica.
Sino por el movimiento de dar vida a otro, cuidarlo, sostenerlo, y luego… dejarlo ir.

Aquí se juega el mayor acto de amor.
Porque la madre que no puede soltar, que no puede dejar que el hijo sea, que no puede tolerar su distancia, termina convirtiendo la entrega en prisión.

Y sin embargo… qué difícil.

Amar a un hijo es amar con cada célula.
Es sentir su dolor como propio.
Es intuir su tristeza sin que diga palabra.
Es conocer su olor, su ritmo, su forma de dormir.

Aquí se despierta el arquetipo de la Gran Madre y y también el de la Madre Terrible.

Porque ambas habitan la psique.
La que nutre.
Y la que devora.

La madre que entrega desde la plenitud, crea.
La que entrega desde el vacío, consume.

Aquí esta la importancia del desarrollo de la indibidualidad de seguir siendo persona.
De no perder el yo en el tú.
De amar al hijo, sí, pero sin dejar de amarse a sí misma.

El ciclo se completa

En algún punto, la madre se queda sola otra vez.
Los hijos crecen.
Se van.
Hacen sus vidas.

Y ahí, si ha amado con sabiduría, siente paz.

No porque no duela.
Sino porque sabe que no ha traicionado su alma en el proceso.
Ha dado sin deshacerse.
Ha nutrido sin volverse indispensable.

Y si ha sido una madre consciente, ha enseñado con su ejemplo que el amor no es sacrificio perpetuo, sino encuentro libre.
Ha mostrado que una mujer que se cuida a sí misma, cuida mejor.
Que una mujer que se ama, ama mejor.

El retorno

En algún lugar, al final del camino, ella se sienta.
Quizás en un banco, bajo un árbol.
Quizás sola, quizás con alguien.

Y recuerda.

Recuerda la niña que miraba con ojos grandes.
La adolescente que ardía.
La mujer que elegía.
La madre que sostenía.

Y entiende algo:
que en cada etapa, el amor fue real.
Aun el que dolió.
Aun el que nació de la herida.
Aun el que no supo cómo amar.

Y en esa comprensión, se perdona.
Y en ese perdón, se libera.

Porque la entrega, al final, no es un acto hacia otro.
Es un acto hacia la vida misma.

Un susurro que dice: “Estoy aquí. Soy yo. Y amo.”

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Autor: ANTONIO BRIONES PSICÓLOGO LA SERENA

Hola, Soy Antonio Briones Psicoterapeuta Experiencial (Coordinador del Focusing Institute para Chile), y Consultor Organizacional de profesión psicólogo. Me he especializado en el desarrollo de estrategias y programas para ayudar a las organizaciones y personas a manejar el estrés y la ansiedad. Ayudando a organizaciones y personas naturales a restablecer su equilibrio mente-cuerpo para alcanzar su bienestar. Para esto implemento programas basados en diferentes recursos de psicología experiencial, las neurociencias y otras fuentes diversas que he aprendido en mi carrera. Cuando una organización aprende a manejar sus niveles de estrés se resuelven mejor sus conflictos, las personas se vuelven más productivas, se mejora su clima, disminuyen la tasa de absentismo y la deserción y lo más importante, las personas que trabajan ahí se sienten más felices. Después de trabajar 20 años de forma profesional en diferentes ámbitos, sé cómo conseguir que las personas logren mejores estándares de vida respecto al estrés y la ansiedad. Suscríbete a este blog y te seguiré entregando estrategias y tips para poder lidiar con el estrés y la ansiedad. O consúlteme por lo programas de tratamiento.

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