Por Antonio Briones, Psicólogo

I. El murmullo de la ansiedad en tiempos modernos
La ansiedad se ha convertido en una palabra de moda. No pasa un día sin que aparezca en las redes sociales: en hashtags, en memes, en confesiones públicas que van desde lo cómico hasta lo desgarrador. La etiqueta #ansiedad convive con fotos cuidadosamente editadas y frases que, curiosamente, parecen más diseñadas para obtener likes que para pedir ayuda real.
Y aquí nos encontramos, en un tiempo donde la intimidad se negocia en público, donde el dolor se transforma en una marca personal, donde el sufrimiento se exhibe como si fuera un tatuaje nuevo. Esta apertura tiene un valor innegable: hemos roto un muro de silencio, y eso permite a muchas personas buscar ayuda, reconocer que no están solas, encontrar comunidad.
Pero también hemos caído en un riesgo sutil: la banalización del sufrimiento, la romantización de la ansiedad, como si fuera un accesorio de moda. Como si ser «ansioso» fuera un pasaporte a la autenticidad, una credencial de que perteneces al club de los intensos, de los que sienten de más.
Y aquí surge la paradoja: en este escenario, hay quienes realmente padecen un trastorno de ansiedad incapacitante y sufren en silencio —temblores, palpitaciones, pensamientos catastróficos que roban el sueño y la calma—, y hay quienes han adoptado la ansiedad como personaje, como identidad dramatizada, como telón de fondo de cada conversación.
No se trata de juzgar, sino de comprender. Porque en ambos casos —la ansiedad genuina y la “ansiedad dramatizada”— lo que hay detrás es un llamado interno, una voz que pide ser escuchada. El problema es cuando confundimos ese llamado con una representación teatral y, sin darnos cuenta, nos volvemos prisioneros de nuestro propio guion.
II. Ansiedad auténtica vs. drama autoproducido
Carl Rogers decía que en el centro de toda terapia hay una tendencia fundamental: la tendencia actualizante, ese impulso interno hacia el crecimiento, hacia la plenitud. Pero esa fuerza vital puede quedar atrapada, distorsionada, cuando la persona se disfraza de un “yo” que no es el suyo real, sino el que cree que será aceptado.
En el caso de la ansiedad dramatizada, ocurre algo parecido: la persona aprende a sobrevivir montando un espectáculo. Cada crisis se convierte en una escena, cada malestar en una trama. Y, como buen público, el entorno aplaude con atención, validación o compasión.
Tambien se puede ver como una inflación del ego herido, una identificación con la sombra: en lugar de integrar la fragilidad, se la proyecta al mundo como drama constante. Y en esa teatralidad, lo que en verdad pide salir —la herida profunda, el miedo ancestral, la soledad interior— queda enterrado bajo fuegos artificiales.
Desde el focusing, diría que ahí el felt sense, esa sensación corporal global que contiene un significado implícito, está siendo ignorado. En lugar de escucharlo, lo vestimos de exageración narrativa. Pero el cuerpo no miente: sigue cargando con el nudo, sigue apretando la garganta, sigue temblando por dentro.
Por eso es tan importante distinguir entre ansiedad real y drama constante. No para invalidar, sino para poner luz donde antes había niebla.
III. Cinco señales de alarma (y lo que revelan)
1. Emergencias diarias: vivir en código rojo
Si tu vida parece una sucesión de catástrofes —desde olvidar el paraguas hasta un mensaje que tarda cinco minutos en llegar— es probable que no sea ansiedad clínica, sino un hábito de escalar cada detalle.
La consecuencia: te desgastas tú y desgastas a quienes te rodean. El sistema nervioso no distingue entre un incendio real y una exageración mental: siempre responde como si fuera cuestión de vida o muerte.
Aquí el desafío es cultivar la pausa consciente. Preguntarte: “¿Qué tan real es esta amenaza?”. Respirar antes de convertir una chispa en incendio.
2. El monólogo eterno: tu drama como centro de la conversación
Cuando todas las charlas giran en torno a tus crisis, cuando la historia siempre termina contigo como protagonista de un sufrimiento, lo que ocurre es que has convertido a tus vínculos en público cautivo.
El efecto: agotas a los demás, y poco a poco, la gente se distancia.
La salida es practicar la escucha activa. No porque tus problemas no importen, sino porque la reciprocidad es lo que nutre los vínculos.
3. Excusar todo con “mi ansiedad”
La ansiedad genuina puede limitar. Pero usarla como comodín para evitar responsabilidades —“no fui porque me daba ansiedad”, “hazlo tú por mí”— es diferente: ahí no estás cuidando tu salud mental, sino esquivando tu compromiso.
El efecto: pierdes credibilidad y te niegas la oportunidad de crecer.
Aquí el paso es la honestidad radical: diferenciar entre un límite real y una excusa conveniente.
4. El goce oculto de la atención
Nadie diría que disfruta de la ansiedad. Pero la dinámica de recibir apoyo y atención durante cada crisis puede generar un refuerzo inconsciente. Y sin darte cuenta, empiezas a buscar el drama porque asegura compañía.
El efecto: dependencia emocional, victimismo perpetuo.
El antídoto es aprender a nutrirse de otras fuentes: proyectos, hobbies, servicio a otros. No buscar atención a través del dolor, sino propósito a través de la acción.
5. Rechazo sistemático a la ayuda real
“Ya probé todo”, “La terapia no sirve”, “Nadie entiende mi ansiedad”. Esta resistencia suele ser el síntoma más claro de que la identidad de “víctima dramática” se ha consolidado. Porque aceptar ayuda implicaría soltar ese personaje.
El efecto: quedarte atrapado en un ciclo sin salida.
👉 El desafío aquí es dar un paso de valentía: aceptar que no puedes solo, comprometerte con un proceso, abrirte a ser transformado.
IV. Lo que realmente está en juego
Detrás de estas cinco señales hay algo más profundo: el miedo a mirarse de verdad. Porque el drama es ruido, y el ruido nos protege del silencio interior. En el silencio, uno puede encontrarse con la soledad, con la herida, con la pregunta incómoda: “¿Quién soy yo, si dejo de ser la chica/el chico del drama?”
Y justamente es en ese silencio, donde se encuentra la autenticidad, el self verdadero. La sombra, esperando ser reconocida e integrada. Y desde el focusing sabemos que el cuerpo sabe, que el cuerpo guarda la llave, que solo hace falta detenerse y sentir.
La ansiedad no es una moda. No es un personaje. Es un mensaje profundo del alma, un grito del organismo que dice: “Hay algo en tu vida que no está en sintonía con lo que realmente eres.”
V. Elegir la autenticidad sobre el drama
Dejar de ser “la chica/el chico del drama” no significa negar tus emociones ni minimizar tus miedos. Significa dejar de usarlos como espectáculo y empezar a usarlos como brújula. Significa abandonar el teatro y entrar en la vida real.
La autenticidad es más silenciosa, menos llamativa que el drama, pero infinitamente más nutritiva. En lugar de llamar la atención de muchos, te conecta con pocos, pero de manera real. En lugar de consumir tu energía, la renueva.
VI. Un llamado a ti, que lees estas palabras
Si en algún punto de este artículo te has reconocido, no lo tomes como condena. Tómalo como espejo. Nadie está libre de haber caído, en algún momento, en el guion del drama. Yo mismo he visto, en consulta y en mi vida personal, cómo el sufrimiento puede volverse identidad, y cómo soltarlo duele, pero libera.
Tu ansiedad merece respeto, merece cuidado, merece ser tratada con seriedad y ternura, no como hashtag, ni como disfraz.
Escúchate. Atiende ese murmullo en tu pecho. Atrévete a dar un paso fuera del guion y entrar en el escenario más desafiante: tu vida real.
No se trata de dejar de sentir, sino de empezar a sentir de forma auténtica. No se trata de apagar la ansiedad, sino de aprender lo que tiene que enseñarte.
Porque al final, la pregunta que la ansiedad siempre susurra es esta:
¿Vas a seguir viviendo como personaje, o te atreverás a ser tú mismo?
Ese es el inicio de toda sanación.
